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2月28日 Nurweon murió pocos días
después. Mis conocimientos médicos se limitaban a lo
que todo enano debe saber para sobrevivir, pero no llegaban a
alcanzar el tipo de mal que acabó con Nurweon. Aparte de la
herida de la pierna, que cicatrizaba bien, y las costras de la piel,
no había ningún indicio de que la muerte le estuviese
acechando. Pero él sí lo sabía. La noche antes
de morir, sentados junto al fuego a la hora de la cena -sin correas
que distanciasen la confianza mutua- , me hizo una petición. Mellon -dijo- cuando muera quiero que
me entierres como si fuese uno de los tuyos. No dejes mis restos en las
puertas para que los devoren los lobos. Ni los tires por uno de los
pozos. Le contesté que no dijese
tonterías. Ahora eramos dos enanos en Moria, y dentro de poco,
cuando encontrase mithril, vendrían muchos más. Y, le
prometí, nadie de los míos iba a rechazarle por el
pasado de su pueblo. De eso iba a encargarme yo. Sonrío, creo que fue la segunda y última
vez que vi sonreír, y me hizo prometer que iba a tener un
funeral digno. A la mañana siguiente lo
encontré muerto. A su lado, envueltos en un paño,
estaban la yesca y el pedernal que me robó. Durante toda mi vida, las historias que
había escuchado contar sobre los enanos mezquinos hablaban
sobre un pueblo cobarde y despreciable. Conocer a Nurweon cambió
para siempre mi parecer. Lloré por él, y por su pueblo,
y me dispuse a preparar un funeral digno de un hijo de Mahal. 2月22日 Pasó una semana hasta que el el
enano que me robaba quiso hablar conmigo. Le di comida y agua, le
traté bien, pero siempre estuvo con las manos atadas a la
espalda. No me fiaba de él. Dijo llamarse Nurweon, y ser
descendiente de Mîm. Le dije que eso era imposible, que Mîm
fue el último de los enanos mezquinos. Sonrío, por
primera vez, al oírme decirlo. Según su historia, Mîm
-antes de traicionar a Turin- ocultó a varios de su pueblo en
unas cavernas de las que no quiso darme nombre ni situación,
ya que algunos de los suyos aún las habitaban. Allí
prosperaron, a su modo, comerciando con pueblos del sur. Se enteraron de la Guerra del Anillo y
de la llegada del rey de Gondor por las noticias que les llegaron de
boca de mercaderes del Harad. Fue entonces cuando un grupo de los
suyos decidió viajar a Khazad-dûm y presentar sus
respetos al Rey bajo la Montaña.
No sabíamos -contó
Nurweon- que Khazad-dûm estaba deshabitada. Creímos que
tras la caída de Mordor las minas serían un lugar donde
los enanos, sin exclusión, podrían comenzar una nueva
vida. Nos dijeron que Balin, hijo de Fundin, reinaba aquí.
Entramos por las puertas orientales y no encontramos a nadie. Días
más tarde, recorriendo Khazd-dûm de parte a parte, vimos
la tumba de Balin. Entonces decidimos habitar las minas y acondicionarlas para
que el resto de nuestro pueblo pudiese venir. Limpiamos la puerta
oeste, que estaba cubierta de rocas, y acabamos con la criatura que
habitaba el lago.
En ese momento de la narración
debí de exclamar un “¡Oh!“ que retumbó por
toda Moria.
Estaba moribunda -continuó
Nurweon- y fue fácil abatirla con las hachas. Se hundió
en el lago para siempre. Al igual que otros perdió su poder al
caer Mordor. Nosotros -dijo, mirándome con fijeza- nunca
mostramos vasallaje al Señor Oscuro. Nunca, repitió.
Le pregunté que dónde
estaban los demás, el resto del grupo que llegó a
Moria. Entonces bajó la mirada y pronunció con temor
“Rukhs”.
Orcos. Quedaban orcos en las minas aún después de la
guerra. Nurweon me contó, a media voz,
que los orcos aparecieron de repente cuando llevaban poco más
de un mes en Moria. Eran muchos, no especificó cuantos (cosa
que me interesaba por mi propia seguridad), y les atacaron desde los
pozos que servían de ventilación a las cámaras.
Estaban enloquecidos -dijo Nurweon- y
hambrientos. Cuando mataban a uno de los nuestros se lanzaban sobre
él para devorarlo. Se disputaban los cadáveres entre
ellos. Nosotros nos defendíamos e intentamos que no tocasen a
los caídos. Vi como desmembraban a mi hermano, y a muchos
otros. Fue horrible. Aprovechábamos para decapitarlos cuando
se echaban sobre los muertos. Durante días estuvimos
repeliendo sus ataques y enterrando los despojos que quedaban de los
nuestros. Pero cada jornada que pasaba eramos menos. Algunos dijeron
que debíamos irnos, regresar a nuestro hogar, pero decidimos
que no. Venir a Khazad-dûm era lo único digno que
habíamos hecho en nuestra vida. Ya no teníamos que
escondernos del resto de mundo. Eramos enanos y si debíamos
morir lo haríamos aquí, dónde Durin murió.
Debo reconocer que las palabras de
Nurweon me emocionaron, y a la vez, me hicieron sentir mal. Yo había
ido a Moria en busca de mithril, a enriquecerme.
Cuando quedábamos poco más
de una docena -continuó Nurweon-, tuvimos una gran batalla.
Los orcos perecieron bajo nuestras hachas. A cada golpe gritábamos
el nombre de Durin y el de Mîm. Creo que acabamos con todos
ellos ya que no volvímos a ver ninguna más. Sobrevivimos siete. Después la escasez de comida y las
enfermedades hicieron el resto. Sólo quedo yo.
Le pregunté que por qué
no se había presentado a mí en vez de robarme. Contestó
que por lo mismo que yo le tenía atado. No se fiaba de nadie. 2月19日 Para cazar al ladrón preparé
una bolsa con frutos secos, bizcocho y un tarro de miel, y la dejé
en la entrada de la sala dónde reposaban los restos de Balin.
Rodeé la bolsa con cepos para conejos, que armé y tapé
con tierra para ocultarlos, y me escondí tras la tumba de
Balin armado con dos hachas y algo de comida y agua para la espera. Después de varias horas, con los
huesos entumecidos y el sueño rondando mis párpados, el
chasquido de una de las trampas dio paso a un alarido de dolor. Rápidamente salté -no sin
temor- de mi escondite con un hacha en cada mano, gritando “Baruk
Khazad! Khazad ai-mênu!” (¡Hachas de los Enanos!
¡Los Enanos están sobre vosotros!") y caí
sobre el ladrón. Debo reconocer que esperaba una
criatura de las profundidades de Moria, deforme, quizás sin
rasgos, o algo parecido a lo que fue Gollum, y estaba dispuesto a
atacar sin contemplaciones. Quedé atónito al ver
retorciéndose en el suelo a un enano famélico. Con cautela acerqué el filo de
una de las hachas al cuello del desconocido y le pregunté. - Quién eres y por
qué me robas? El enano se tumbó boca abajo en
el suelo y comenzó a gemir. Logré distinguir entre
sollozos y gorgoteos, “Tengo hambre”, “Estoy solo” y, lo que
más me desconcertó “pueblo de Mîm”. Cuando se tranquilizó y pude
comprobar que no era una amenaza para mí, solté su
pierna del cepo. El pobre desgraciado no era más que huesos y
pellejo. Tenía la piel llena de llagas y la barba tan larga
que le llegaba a los pies desnudos. Ni tan siquiera llevaba botas. Inspeccioné la herida de la
pierna. No tenía buena pinta. Al estar tan flaco y carecer de
músculo el cepo le había partido el hueso. Le di agua
mezclada con la miel del tarro que sirvió de cebo. Después de entablillar la pierna
y cauterizar la herida -cosa que no fue fácil ya que no se
dejaba- lo dejé descansar durante un rato. Me senté frente a él y
esperé para preguntar quién Balrogs era. Era imposible que fuese uno de los
enanos de Balin y la mención de Mîm, el enano mezquino, era
algo que debía aclarar cuanto antes.
2月16日 El primer día que escuché
ruido de pasos en Khazad-dûm creí que tantos días
de soledad estaban alterando mis sentidos. Allí no podía
haber nadie, no, al menos, en la zona que había recorrido una
y otra vez en mis “excursiones” por los múltiples
pasadizos y salas. Di por hecho que no eran más que
imaginaciones mías. Hasta el día que desapareció
una de mis bolsas de comida. No estaba solo. La bolsa de contenía bizcocho de
viaje, imprescindible para mi subsistencia para sobrevivir sin tener
que salir al exterior a buscar comida, y la tenía guardada en
un hueco cubierta con una losa. La losa no estaba colocada en su
lugar y había migas de bizcocho por el suelo. Rápidamente preparé mi
defensa. Atranqué la sala donde dormía e hice
barricadas en las salas contiguas. Afilé las hachas (de nuevo,
aunque estuviesen en perfecto estado) e iluminé con teas los
pasadizos por los que más me movía. Pasaron días -interminables- y
no vi ni escuché nada que pudiese alertarme. Me relajé
y comencé a pensar que quizás fui yo el que movió
la losa y se comió el bizcocho dejando la bolsa Mahal sabe
dónde. Lo achaqué a la soledad. Pero volvió a ocurrir. Al
regresar de uno de mis paseos por las minas, el ladrón se había
llevado un juego de yesca y pedernal. Decidí preparar una
trampa. 2月15日 Cuando, en el calor del hogar de mis
padres, concebí la idea de viajar a Khazad.dûm, fue con
la única intención de buscar mithril. El brillo de los
ojos de mi abuelo al relatar la maravilla de cota de malla que
portaba Frodo Nuevededos fue lo que me empujó. Intenté, sin éxito,
convencer a un grupo de enanos de mi edad para viajar a las minas.
Todos fruncían el ceño y negaban con la cabeza. No,
decían unos, Khazad-dûm es una tumba. No, comentaban
otros, la criatura del lago aún está allí. Estás
loco, decían todos. Tuve que viajar solo. Antes de partir me despedí de
ellos diciéndoles que la próxima vez que me viesen, mis
manos iban a estar repletas de mithril. Pero llevaban razón. Khazad-dúm
era una tumba. Un lugar oscuro y silencioso. Si había mithril
debía de estar en las profundidades de las minas, donde, de
momento, no me atrevía a bajar.
Tuve cuidado de no acercarme a la
orilla del lago del Espejo. El día que llegué lo bordeé
con cautela, siempre atento a las ondas del agua. Encontré la
puerta sin bloquear, cosa que me extrañó. Alguien, o
algo, había retirado las piedras que cayeron cuando la
Comunidad del Anillo tuvo que huir de los tentáculos de la
criatura del lago. Enanos no, desde luego, ningún enano
excepto yo había pisado Moria desde que lo hizo Gimli. O eso
creí. Fue algo que me intrigó durante mucho tiempo e
hizo que estuviese más alerta de lo que ya estaba. Procuré, en las primeras
jornadas, salir lo mínimo posible por la puerta del Lago. La
criatura me inquietaba, aunque no había visto señales
de ella desde mi llegada. Así que dediqué el tiempo en
preparar teas y recorrer los niveles superiores dando algo de luz a
Khazad-dûm. En mis recorridos encontré
varias hachas en buen estado, que pulí y afilé a
conciencia, y una cota de mi talla de mejor factura que la que traje
de mi hogar. Era muy pesada e incomoda, pero a su vez me daba
seguridad. Repartí las hachas grandes de
doble filo por varias salas, por si me encontraba con dificultades y
tenía que echar mano de ellas, y me armé con dos cortas
sujetas al cinturón. También encontré máscaras
de las que mis antepasados usaban para combatir contra los dragones,
y durante un par de días llevé una puesta, hasta que me
di cuenta que impedía mis movimientos. Entre la cota de malla
y la máscara, era más fácil que algún
enemigo me diese caza por los pasadizos. Así que la guardé
para regalársela a mi padre a mi regreso. Opté por un
yelmo liviano de cuero con refuerzos de hierro. Hierro, eso era lo único que
encontraba. Nada de mithril.
Otro problema era la comida. Dentro de
las minas no había nada con lo que alimentarse y mis
provisiones, bien racionadas, podrían durar un mes. El agua no
era problema. Había manantiales en las minas que ni los orcos
lograron corromper. Tendría que salir al exterior a
cazar y buscar plantas, nueces, bellotas, bayas, o cualquier cosa que
un estómago enano puede soportar. Pero eso sería más
adelante. Mi primer objetivo era el mithril y
disfrutar de la sensación de ser el nuevo Señor de
Moria. 2月14日 La llegada a Khazad-dûm Tras muchos acontecimientos que tal vez relate más adelante, llegué a Khazad-dûm un atardecer de verano de cielo cargado de nubes espesas. Entrar fue fácil. La antigua contraseña para abrir las puertas, "Mellon", era el nombre que mis padres me pusieron al nacer, en honor a mi abuelo Gimli y los relatos que contaba a su hijo Gabil, mi padre, tras la grerra del Anillo. En un primer momento, a poner pie en la entrada de las minas, me arrepentí de haber hecho tan largo viaje. El antiguo orgullo de los enanos era ahora un estercolero repleto de excrementos y huesos de orco, esqueletos de los enanos de Balin que murieron con las cotas de malla puestas y armas oxidadas esparcidas por el suelo. Olía a muerte y humedad. Lo primero que hice fue buscar la tumba de Balin, y al igual que mi abuelo, llorar a los pies de la losa. Después, sólo como estaba, recorri parte del nivel superior y busqué una sala donde poder alojarme. Escogí una que no tuviese pozo para evitar escuchar los susurros de las entrañas de Moria, y la adecenté lo mejor que pude, sacando huesos y armas, y encendiendo un pequeño fuego para quitarme de encima la heladora sensación que producía la vasta soledad de las minas de mis antepasados. Esa noche dormí poco y mal, y amarrado a mi hacha tuve sueños en los que un retumbar de tambores precedía a cientos de orcos que me asediaban.
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