|
|
3月28日 Tal y como comenté, esta mañana me libré
de la pesada cota de malla y de las botas para husmear por Moria en busca de la
guarida de Azog. Colgué del cinturón dos hachas cortas y una daga, y me cubrí
con capa de capucha sobre camisola larga y pantalón liviano de piel. Decidí ir
descalzo, en vez de cubrirme los pies con trapos, para no correr el riesgo de
trabarme con ellos. Al salir me fijé que las ardillas que
dejé en el pasillo la noche anterior habían desaparecido. Rogué a Mahal para
que, cuando encontrase al orco, éste estuviese vomitando sangre por haberse
tragado las anillas de cota de malla. Pero no hubo suerte. Un poco más adelante
estaban las ardillas pisoteadas en el suelo. No se las había comido. Así que,
decepcionado, seguí su rastro. Las
pisadas del orco me llevaron muy abajo, a niveles dónde yo aún no había estado.
Maldije mi propia estampa por no haber previsto llevar una tea. No era mi zona
y no estaba iluminada. Tuve que volver sobre mis pasos y agenciarme una. Con la
tea en mano iba a pasar tan desapercibido como una bandada de luciérnagas en
una noche sin luna. Pero no me quedaba más remedio, soy un enano, no un topo. Avancé por los túneles con precaución. El
rastro del orco era claro; no se preocupaba de disimularlo. En un recodo -pendiente
como estaba de verle aparecer en cualquier momento- pisé una de sus
deposiciones. Un olor nauseabundo se desprendió del excremento cuando lo
aplasté contra el suelo. Las arcadas que me produjo llevaron a mi estómago a
deshacerse del desayuno. Continué como pude apestando a orco en descomposición. Tras mucho caminar vislumbré un
resplandor débil al final de uno de los túneles. Apagué la tea, la dejé en el
suelo, y continué avanzando agazapado. Me asomé con cautela a la sala de donde
provenía la luz. Vi al orco, tumbado cuán largo era, boca abajo en el suelo dormido
como un tronco. A su lado, bajo una antorcha encendida, estaba encadenado a la pared
un mediano. No paraba de moverse. Era un amasijo de nervios con los pies
grandes y peludos. ¿Un mediano en Moria? Me pregunté. Y ¿por
qué Azog lo mantenía con vida? ¿Cómo es que no lo había troceado y escaldado
para cenar? Cerca del orco dormido había huesos con
rastros de sangre que, intuí, era otro mediano con menos suerte que el
encadenado. El olor de la sala era tan insoportable que el aroma del pegote
amarrado a la planta de mi pie parecía una cataplasma de rosas frescas. Con un hacha en cada mano entré en la
sala. El mediano dio un respingo al verme y le acallé con un gesto. Era mi
oportunidad de descabezar al orco. Luego ya haría las preguntas pertinentes
sobre quién era y que balrogs hacía allí. Me acerqué al orco y alcé las hachas. Un
tintineo de luz, suave, bailó a mi derecha. Miré hacia la pared de roca. Una
fina veta de mithril cruzaba la sala de parte a parte. No era más gruesa que la
mitad de mi dedo meñique, no más, pero era tan hermosa como el reflejo de las
estrellas sobre el lago del Espejo. ¡Mithril! Grité. Fue una estupidez, una tremenda
estupidez, pero grité. Me salió de muy dentro. El mediano encogió el rostro y se puso a
gimotear al ver levantarse al orco. Descargué el hacha sobre la cabeza del patizambo.
Cayó al suelo con el arma clavaba en la frente. Cuando fui a recuperarla me di
cuenta, con pánico, de que no era Azog. El muy embustero me había engañado. No
estaba solo. Partí la cadena del mediano de un hachazo
y le empujé hacia la puerta. - Corre –le dije-. Corre como nunca lo
has hecho. Subimos juntos por el pasadizo. Recuperé
la tea, la encendí, y dirigí a toda prisa al mediano –que no cesaba de
gimotear- hacia los niveles superiores. Detrás nuestro, desde lo profundo de
Moria, escuché un alarido de cólera. Corrimos como posesos hasta la sala de
escritura. El mediano se quedó desconcertado cuando entramos y yo atranqué la
puerta. Me empujó e intentó salir. Le dije que estábamos más seguros aquí. No
hizo caso, quería salir de Moria. Así que tuve que golpearle y dejarle sin
sentido. Aún está inconsciente. Llevo toda la
noche de guardia. Azog –y no sé si alguno más- ha acometido contra la entrada
ya dos veces. En la última lo hizo con tal furia que temí por los goznes de la
puerta. Ni siquiera he tenido tiempo de limpiarme los pies. El olor a excremento
de orco me está mareando, estoy exhausto y mi boca añora un buen trago de
cerveza. Creo que será una noche muy larga. 3月27日 Afuera hace un día de trolls. Salí esta
mañana a cazar algo y las gotas de lluvia eran tan heladas que hacían daño en
la cara. Pronto nevará. Sólo he conseguido cazar dos ardillas negras, pequeñas
y de piel tan dura como un corpiño de cuero. Haré sopa con ellas. El orco ha estado molestándome casi todo
el día. Creo que ha olido las ardillas. He tenido que salir de mi sala un par
de veces, hacha en mano, e ir tras él por los pasadizos. Me ha hecho correr
durante un buen rato por los niveles inferiores y, cuando ya no podía más, me
plantó cara. Cruzamos armas unos instantes y luego vuelta a correr pasadizo
arriba, pasadizo abajo. Estoy cansado, sudoroso, con pocas ganas de leer y
organizar manuscritos. Sólo deseo acurrucarme junto al fuego y dormir. He decidido que mañana saldré sin cota de
malla ni botas, con ropa ligera para moverme rápido y con sigilo, y armado con
hachas cortas a intentar averiguar dónde balrogs duerme el orco. Si él no me
deja descansar, yo tampoco le dejaré a él. Le estoy escuchando patalear por el
pasillo. Ya está aquí otra vez. Cuando cueza las ardillas le tiraré los restos para
ver si se entretiene rumiando y me deja unos momentos de paz. Pero antes meteré
unas anillas de cota de malla en las tripas de las ardillas con la esperanza de
que una se le atraviese en el gaznate al muy bellaco. Esta situación es insoportable. 3月26日 Después de hablar con el orco, en
sucesivos días, visité la sala archivo. Allí encontré documentación muy variada
sobre Khazad-dûm: relación de trueques con otros pueblos, sentencias jurídicas,
inventarios de armamento, crónicas sobre batallas, recopilaciones de leyendas y
cuentos, etc. Me he instalado en la sala contigua al
archivo, la de escritura. Es más pequeña y acogedora que el archivo y tiene
chimenea, que tira bien. También hay un pozo por el que se escuchaba el rumor
de uno de los innumerables ríos subterráneos que recorren las minas. La sala
queda más lejos de la puerta oeste, pero su contenido es más poderoso que el
tener que cruzar media Moria, con el orco rondando en las sombras, para salir al
exterior. He bloqueado con
piedras de cantería la entrada del pasillo al archivo y la otra puerta, por donde
se escapó el orco, dejando útiles la de acceso a la sala de escritura y la que
da paso de ésta al archivo. Ahora queda una sala doble con un único acceso
desde los pasadizos de Moria. Aquí es donde comencé a escribir el
presente diario. Al final de cada jornada, tras recorrer las minas buscando
mithril, salir al exterior a por alimentos y vérmelas de vez en cuando con el
infame Azog, me siento en una de las mesas con bancada de piedra y reviso poco
a poco documentos del archivo hasta que los míos vengan. Para organizar todo
esto se necesita un ejército de enanos. El día que encuentre mithril sobrarán
manos para revivir Khazad-dûm y no tendré que preocuparme de Azog. 3月20日 En una de las muchas escaramuzas que tuvimos
el orco y yo, sin saber cómo, quedamos parapetados –uno a cada lado de la
puerta- en una sala doble repleta de documentos. Era uno de los archivos de
Moria. Yo estaba maravillado del descubrimiento. Allí había miles de
manuscritos que seguro contenían toda la historia de Khazad.dûm. En un primer
vistazo pude ver que muchos de ellos estaban en muy mal estado, mientras que
otros parecían conservarse bastante bien. El problema era que el orco estaba al
otro lado de la puerta y me era imposible ponerme a revisarlos de inmediato. Le oía trastear al otro lado. Temí que,
si en la otra sala también había manuscritos, el orco se dedicase a
destrozarlos. - Deja lo que estés haciendo, orco
inmundo –le grité. - Pero, pequeñín –contestó arrimándose a la puerta-, no hago
nada, sólo te espero. Vamos, abre y hablamos. - Abre tú y te enseño lo afilada que está
mi hacha. Creo que entonces rió, o algo parecido. - Estamos los dos solos en Moria, enano.
Los dos solos. Será mejor que nos llevemos bien, de momento. - ¡Ah! –exclamé- ¡Estás solo! Creí que
iba a tener que decapitar a unos cuantos como tú. Entonces será más fácil. Un
orco no es nada para un enano. - Sarwa era un idiota. Nunca supo
controlar su hambre. Azog es más fuerte y más listo. - ¿Quién es Sarwa? –pregunté intrigado. - Al que le dejaste sin cabeza en la
puerta. Creí que iba a conseguirlo y los dos tendríamos fresca y buena comida
ese día. Pero estaba muy débil y era idiota. Atacó alocadamente y sin armas. - Y tú, cobarde- repliqué-, le dejaste a
mi merced sin ayudarle. - Te he dicho que Azog es más listo. No
tengo prisa por arrancarte los brazos y piernas para saborearlos como merecen.
Lo que me sobra es tiempo. - No creo que tengas mucho tiempo. Pronto
esto se llenará de enanos. Tendrás que esconderte muy bien para que no te
despellejemos. Si es que no lo hago yo antes, claro. De nuevo le escuché reír. Y, por el ruido
que hacía, a pasar las uñas por la puerta. - No vendrá nadie, enano estúpido. Tu
pueblo sucumbirá al poder de los hombres. Y para ellos Moria no vale nada. Está
muerta. Los tuyos se marchitarán en sus cavernas de penumbra, rodeados de oro y
miseria. Los míos, si es que quedan otros en algún lugar, ya somos historia. - Dejasteis de ser algo cuando vuestro
amo desapareció al ser destruido el Único –dije alzando la voz-. Los esclavos
mueren al morir su dueño. Sin Mordor no hay mal ni orcos para servirle. - ¡Estúpido! ¡Estúpido enano! –vociferó-
No entiendes nada. El poder del Único regresará y serán los hombres quienes lo
tomen. Pasarán muchos inviernos pero un día regresará. Puede que no en forma de
anillo, quizás sea un arca, o un cáliz, quién sabe. Y los hombres ensalzarán su
poder destructivo y matarán y morirán por él. A los enanos puede que se os
recuerde en cuentos de niñas perdidas en el bosque y poco más. Moria
desaparecerá en el olvido del tiempo. - ¡Embaucador! –grité enfurecido-
¡Engendro mentiroso! Lleno de rabia abrí la puerta y, hacha en
mano, me lancé a terminar de una vez con todas con aquél orco demasiado
hablador para mi gusto. No le encontré al otro lado. Al final de
la sala había otra puerta por la que
supuse que se esfumó. En aquel momento, enfurecido como estaba,
no me fijé en la belleza de la sala en la que me encontraba. Era una sala de
escritura, con mesas de finas tallas, donde mis antepasados pasaban horas relatando
los acontecimientos de Khazad-dûm. 3月15日 Después de recuperar, tras la fiebre, parte
de las fuerzas y volver a mis expediciones por Moria, comencé a ver al orco de
la entrada del lago del Espejo (y de mis delirios) con más frecuencia; en un
pasadizo, a la entrada de una sala, en un puente derruido... Unas veces escapaba
él y otras era yo el que ponía tierra de por medio. No llegábamos a acercarnos
demasiado el uno al otro. Se convirtió en un problema para mí,
principalmente por dos razones. La primera era que no sabía si el orco estaba
sólo o había más de su especie a la espera de destriparme. Y la segunda era que
mis expediciones por Moria se convirtieron en un calvario. Debía mirar en cada
recodo, cada hueco y pozo, vigilar mis espaldas y avanzar tan cauteloso como un
hobbit que va a robar hongos. Cada tramo que avanzaba lo iba iluminando
con teas para no ser sorprendido en la oscuridad. Si al día siguiente pasaba
por el mismo sitio, las teas estaban apagadas, arrancadas de los soportes de la
pared y pisoteadas en el suelo. A veces, cosa que me exasperaba, el orco defecaba
sobre las antorchas y yo tenía que cubrirlas con tierra y buscar otras para
reponerlas. Un día, harto, grité a las bóvedas de
Khazad-dûm tan alto como pude, “¡Juro que te despellejaré y usaré tu piel como
alfombra!”. Poco después de que el eco de mi voz acabase de recorrer Moria, el
orco surgió de uno de los túneles que profundizaban en las minas armado con
cimitarra y cota de malla. Le lancé una de las hachas cortas y la esquivó. Así
que agarré el hacha de doble filo y arremetí contra él. Cruzamos varias veces
los hierros. Él era fuerte, yo estaba hastiado de su presencia. Durante un buen
rato medimos nuestras fuerzas, hasta que uno de mis golpes –afortunadamente, ya
que estaba al límite de mis fuerzas debido a la fiebre pasada- le desarmó. Saltó
hacia atrás y desapareció por un túnel gritando "¡Azog volverá! ¡Volverá!”. Después de ese día anduvimos
persiguiéndonos el uno al otro por Khazad-dûm como lo harían un gato y un
ratón. Cuesta decir quién de los dos era el gato
y quién el ratón. Quizás por la estatura yo debería haber sido el roedor acosado,
pero tenía hachas y sabía usarlas. 3月13日 El mordisco del orco hizo que cayese
enfermo. Su saliva, putrefacta, entró en mi sangre contaminándola. Lo que
comenzó con un escozor en la zona herida, acabó en una fiebre que me tuvo
delirando durante tres días. En mis delirios pude “ver” cientos de enanos
pululando por Khazad-dûm. Unos esculpían mi nombre en los ábsides de las
arcadas, otros forjaban anillos de poder con el mithril que afloraba en forma
de gruesas vetas por salas y pasadizos. Todos los enanos llevaban la capucha
calada en la cabeza y, para mi desesperación, lanzaban furtivas miradas a las
antorchas que ardían por toda Moria. Velaban mi cadáver al igual que yo velé el
de Nurweon. Susurraban que Mellon Gabilul fue un buen Señor de las Minas y que
había devuelto el esplendor perdido a Moria. Entre ellos, destacando por su altura y
rasgos grotescos, el orco que había visto en la entrada del lago del Espejo
esperaba el final de mi funeral para proclamarse el nuevo Señor de Khazad-dûm.
No estás muerto –decía-, pero ellos creen que sí. Y una y otra vez repetía
“Azog, Azog, Azog”. Los pocos momentos de lucidez que tuve los
dediqué a beber agua con avidez y comprobar, avanzando a rastras, que la puerta
de la sala estaba bien atrancada. Luego volvía a caer en brazos de la fiebre y
los enanos aparecían de nuevo junto al orco. Cuando desperté, sintiéndome un poco mejor
noté que estaba empapado de sudor y orina mezclada con excrementos secos. Muerto
de hambre, cogía una manzana para comérmela. Al segundo bocado vomité bilis y
agua. No soportando el hedor que mi cuerpo desprendía, me desnudé y gasté un
odre de agua en un intento desesperado por lavarme. Me puse ropa limpia y me aseguré, de
nuevo, de que la puerta estaba asegurada. Después caí rendido al suelo y dormí
durante casi un día alejado de fiebre y sueños. 3月9日 Una semana después de la muerte de
Nurweon salí al exterior a buscar comida. Tuve suerte. Encontré manzanas y cacé
dos conejos. Al atardecer me senté a despellejar las dos piezas en la orilla
del lago del Espejo. El día era húmedo, con el sol ya bajo escondido tras la
bruma, y era agradable sentir el aire fresco en mi rostro. Estaba relajado y el
ataque me pilló desprevenido. Un orco saltó sobre mi, al igual que
debió hacerlo el que mató a Balin. Me di la vuelta y forcejeé con él. Era de
complexión fuerte, aunque extremadamente flaco, y no llevaba armas. Recordé lo
que me contó Nurweon y sentí pavor. El orco estaba hambriento e iba a
devorarme. Una cosa es morir con honor en batalla y otra terminar en el
estómago de un orco. Saqué, como pude, el hacha del cinturón y
le ataqué. Se defendió agarrándome la mano, y me mordió el brazo. Le golpeé en
la nariz y le tiré al suelo. Estaba débil. De dos golpes de hacha, uno en el
pecho y otro en la cabeza, le maté. Con la adrenalina a flor de piel acabé por
decapitarle. Grité “¡Por Balin!” mientras lo hacía. La sangre oscura del orco
me salpicó ropa y cara. Miré la herida de mi brazo. No tenía
buena pinta. Me había desgarrado parte del antebrazo, así que corté un trozo de
camisa y lo vendé. Recogí los conejos
y las manzanas del suelo y di la vuelta para entrar en Khazad-dûm para desinfectarme
la herida y quitarme la ropa ensangrentada. Entonces lo vi. Había otro orco en la entrada. Era alto y
estaba menos flaco que su compañero. Me miró e hizo una mueca que bien pudo ser
algo parecido a una sonrisa. Sacó la lengua, roja e interminablemente larga, y luego
susurró: “Azog”. Después desapareció en la oscuridad de Moria. Fui tras él con el hacha preparada. No le
encontré. Corrí hasta mi cuarto y atranqué la puerta. Lamentablemente no tenía
una buena jarra de cerveza a mano para aplacar mis nervios, así que me conformé
con unos tragos de hidromiel. Desinfecté el brazo, puse un vendaje limpio a la
herida y dejé los conejos para comerlos al día siguiente. Esa noche había perdido
el apetito. Más tranquilo –aunque alerta- , me
enfurecí conmigo mismo por ser tan descuidado. Aún quedaban orcos en Moria. 3月2日 Preparé el
cadáver de Nurweon para el entierro. Le recorté la
barba y se la decoré con finas trenzas al modo de mi pueblo.
Elegí, del montón de armas que había ido
recogiendo por Khazad-dûm, un hacha y una daga para ponerlas en
su tumba. Le cubrí el rostro con una máscara de hierro
con labrados en forma de lenguas de fuego y le vestí con cota
de malla de anillos gruesos. Como Nurweon no tenía botas,
busqué unas de su talla. Las encontré en los restos de
lo que un día pudo ser un almacén. Eran pesadas, pero
eso no importaba dadas las circunstancias. Lo más
complicado era encontrar un féretro. Hubiese sido lo más
idóneo, pero estaba solo y me hubiese llevado días
preparar uno. Decidí enterrarlo en un lugar donde hubiese
tierra suelta y cubrirlo con una losa. Pasé varias
horas buscando un lugar adecuado. Al final, tras mucho meditarlo,
llevé el cuerpo de Nurweon a la sala dónde reposaban
los restos de Balin. Qué mejor lugar, me dije. Al fin y al
cabo Nurweon también había sido Señor de Moria
por una temporada y merecía estar junto a él. Excavé una
fosa y lo deposité con cuidado. Puse el hacha sobre su pecho y
le crucé las manos sobre ella. Coloqué la daga a un
lado y una bolsa con bizcocho, miel y nueces a su alcance para el
último viaje que iba a realizar. Arrastré la losa que
había escogido para él y, antes de cubrirlo, me
despedí. Rogué a Mahal que le acogiese en su seno. Por último
saqué mi cincel y martillo y escribí en la losa: Nurweon, del
pueblo de Mîm, Aran Moria. Ese día,
como manda la tradición, me eché la capucha sobre la
cabeza y velé su tumba hasta que la última de las
antorchas que iluminaban la sala se consumió. Volvía a
estar solo en Moria.
2月28日 Nurweon murió pocos días
después. Mis conocimientos médicos se limitaban a lo
que todo enano debe saber para sobrevivir, pero no llegaban a
alcanzar el tipo de mal que acabó con Nurweon. Aparte de la
herida de la pierna, que cicatrizaba bien, y las costras de la piel,
no había ningún indicio de que la muerte le estuviese
acechando. Pero él sí lo sabía. La noche antes
de morir, sentados junto al fuego a la hora de la cena -sin correas
que distanciasen la confianza mutua- , me hizo una petición. Mellon -dijo- cuando muera quiero que
me entierres como si fuese uno de los tuyos. No dejes mis restos en las
puertas para que los devoren los lobos. Ni los tires por uno de los
pozos. Le contesté que no dijese
tonterías. Ahora eramos dos enanos en Moria, y dentro de poco,
cuando encontrase mithril, vendrían muchos más. Y, le
prometí, nadie de los míos iba a rechazarle por el
pasado de su pueblo. De eso iba a encargarme yo. Sonrío, creo que fue la segunda y última
vez que vi sonreír, y me hizo prometer que iba a tener un
funeral digno. A la mañana siguiente lo
encontré muerto. A su lado, envueltos en un paño,
estaban la yesca y el pedernal que me robó. Durante toda mi vida, las historias que
había escuchado contar sobre los enanos mezquinos hablaban
sobre un pueblo cobarde y despreciable. Conocer a Nurweon cambió
para siempre mi parecer. Lloré por él, y por su pueblo,
y me dispuse a preparar un funeral digno de un hijo de Mahal. 2月22日 Pasó una semana hasta que el el
enano que me robaba quiso hablar conmigo. Le di comida y agua, le
traté bien, pero siempre estuvo con las manos atadas a la
espalda. No me fiaba de él. Dijo llamarse Nurweon, y ser
descendiente de Mîm. Le dije que eso era imposible, que Mîm
fue el último de los enanos mezquinos. Sonrío, por
primera vez, al oírme decirlo. Según su historia, Mîm
-antes de traicionar a Turin- ocultó a varios de su pueblo en
unas cavernas de las que no quiso darme nombre ni situación,
ya que algunos de los suyos aún las habitaban. Allí
prosperaron, a su modo, comerciando con pueblos del sur. Se enteraron de la Guerra del Anillo y
de la llegada del rey de Gondor por las noticias que les llegaron de
boca de mercaderes del Harad. Fue entonces cuando un grupo de los
suyos decidió viajar a Khazad-dûm y presentar sus
respetos al Rey bajo la Montaña.
No sabíamos -contó
Nurweon- que Khazad-dûm estaba deshabitada. Creímos que
tras la caída de Mordor las minas serían un lugar donde
los enanos, sin exclusión, podrían comenzar una nueva
vida. Nos dijeron que Balin, hijo de Fundin, reinaba aquí.
Entramos por las puertas orientales y no encontramos a nadie. Días
más tarde, recorriendo Khazd-dûm de parte a parte, vimos
la tumba de Balin. Entonces decidimos habitar las minas y acondicionarlas para
que el resto de nuestro pueblo pudiese venir. Limpiamos la puerta
oeste, que estaba cubierta de rocas, y acabamos con la criatura que
habitaba el lago.
En ese momento de la narración
debí de exclamar un “¡Oh!“ que retumbó por
toda Moria.
Estaba moribunda -continuó
Nurweon- y fue fácil abatirla con las hachas. Se hundió
en el lago para siempre. Al igual que otros perdió su poder al
caer Mordor. Nosotros -dijo, mirándome con fijeza- nunca
mostramos vasallaje al Señor Oscuro. Nunca, repitió.
Le pregunté que dónde
estaban los demás, el resto del grupo que llegó a
Moria. Entonces bajó la mirada y pronunció con temor
“Rukhs”.
Orcos. Quedaban orcos en las minas aún después de la
guerra. Nurweon me contó, a media voz,
que los orcos aparecieron de repente cuando llevaban poco más
de un mes en Moria. Eran muchos, no especificó cuantos (cosa
que me interesaba por mi propia seguridad), y les atacaron desde los
pozos que servían de ventilación a las cámaras.
Estaban enloquecidos -dijo Nurweon- y
hambrientos. Cuando mataban a uno de los nuestros se lanzaban sobre
él para devorarlo. Se disputaban los cadáveres entre
ellos. Nosotros nos defendíamos e intentamos que no tocasen a
los caídos. Vi como desmembraban a mi hermano, y a muchos
otros. Fue horrible. Aprovechábamos para decapitarlos cuando
se echaban sobre los muertos. Durante días estuvimos
repeliendo sus ataques y enterrando los despojos que quedaban de los
nuestros. Pero cada jornada que pasaba eramos menos. Algunos dijeron
que debíamos irnos, regresar a nuestro hogar, pero decidimos
que no. Venir a Khazad-dûm era lo único digno que
habíamos hecho en nuestra vida. Ya no teníamos que
escondernos del resto de mundo. Eramos enanos y si debíamos
morir lo haríamos aquí, dónde Durin murió.
Debo reconocer que las palabras de
Nurweon me emocionaron, y a la vez, me hicieron sentir mal. Yo había
ido a Moria en busca de mithril, a enriquecerme.
Cuando quedábamos poco más
de una docena -continuó Nurweon-, tuvimos una gran batalla.
Los orcos perecieron bajo nuestras hachas. A cada golpe gritábamos
el nombre de Durin y el de Mîm. Creo que acabamos con todos
ellos ya que no volvímos a ver ninguna más. Sobrevivimos siete. Después la escasez de comida y las
enfermedades hicieron el resto. Sólo quedo yo.
Le pregunté que por qué
no se había presentado a mí en vez de robarme. Contestó
que por lo mismo que yo le tenía atado. No se fiaba de nadie. 2月19日 Para cazar al ladrón preparé
una bolsa con frutos secos, bizcocho y un tarro de miel, y la dejé
en la entrada de la sala dónde reposaban los restos de Balin.
Rodeé la bolsa con cepos para conejos, que armé y tapé
con tierra para ocultarlos, y me escondí tras la tumba de
Balin armado con dos hachas y algo de comida y agua para la espera. Después de varias horas, con los
huesos entumecidos y el sueño rondando mis párpados, el
chasquido de una de las trampas dio paso a un alarido de dolor. Rápidamente salté -no sin
temor- de mi escondite con un hacha en cada mano, gritando “Baruk
Khazad! Khazad ai-mênu!” (¡Hachas de los Enanos!
¡Los Enanos están sobre vosotros!") y caí
sobre el ladrón. Debo reconocer que esperaba una
criatura de las profundidades de Moria, deforme, quizás sin
rasgos, o algo parecido a lo que fue Gollum, y estaba dispuesto a
atacar sin contemplaciones. Quedé atónito al ver
retorciéndose en el suelo a un enano famélico. Con cautela acerqué el filo de
una de las hachas al cuello del desconocido y le pregunté. - Quién eres y por
qué me robas? El enano se tumbó boca abajo en
el suelo y comenzó a gemir. Logré distinguir entre
sollozos y gorgoteos, “Tengo hambre”, “Estoy solo” y, lo que
más me desconcertó “pueblo de Mîm”. Cuando se tranquilizó y pude
comprobar que no era una amenaza para mí, solté su
pierna del cepo. El pobre desgraciado no era más que huesos y
pellejo. Tenía la piel llena de llagas y la barba tan larga
que le llegaba a los pies desnudos. Ni tan siquiera llevaba botas. Inspeccioné la herida de la
pierna. No tenía buena pinta. Al estar tan flaco y carecer de
músculo el cepo le había partido el hueso. Le di agua
mezclada con la miel del tarro que sirvió de cebo. Después de entablillar la pierna
y cauterizar la herida -cosa que no fue fácil ya que no se
dejaba- lo dejé descansar durante un rato. Me senté frente a él y
esperé para preguntar quién Balrogs era. Era imposible que fuese uno de los
enanos de Balin y la mención de Mîm, el enano mezquino, era
algo que debía aclarar cuanto antes.
2月16日 El primer día que escuché
ruido de pasos en Khazad-dûm creí que tantos días
de soledad estaban alterando mis sentidos. Allí no podía
haber nadie, no, al menos, en la zona que había recorrido una
y otra vez en mis “excursiones” por los múltiples
pasadizos y salas. Di por hecho que no eran más que
imaginaciones mías. Hasta el día que desapareció
una de mis bolsas de comida. No estaba solo. La bolsa de contenía bizcocho de
viaje, imprescindible para mi subsistencia para sobrevivir sin tener
que salir al exterior a buscar comida, y la tenía guardada en
un hueco cubierta con una losa. La losa no estaba colocada en su
lugar y había migas de bizcocho por el suelo. Rápidamente preparé mi
defensa. Atranqué la sala donde dormía e hice
barricadas en las salas contiguas. Afilé las hachas (de nuevo,
aunque estuviesen en perfecto estado) e iluminé con teas los
pasadizos por los que más me movía. Pasaron días -interminables- y
no vi ni escuché nada que pudiese alertarme. Me relajé
y comencé a pensar que quizás fui yo el que movió
la losa y se comió el bizcocho dejando la bolsa Mahal sabe
dónde. Lo achaqué a la soledad. Pero volvió a ocurrir. Al
regresar de uno de mis paseos por las minas, el ladrón se había
llevado un juego de yesca y pedernal. Decidí preparar una
trampa. 2月15日 Cuando, en el calor del hogar de mis
padres, concebí la idea de viajar a Khazad.dûm, fue con
la única intención de buscar mithril. El brillo de los
ojos de mi abuelo al relatar la maravilla de cota de malla que
portaba Frodo Nuevededos fue lo que me empujó. Intenté, sin éxito,
convencer a un grupo de enanos de mi edad para viajar a las minas.
Todos fruncían el ceño y negaban con la cabeza. No,
decían unos, Khazad-dûm es una tumba. No, comentaban
otros, la criatura del lago aún está allí. Estás
loco, decían todos. Tuve que viajar solo. Antes de partir me despedí de
ellos diciéndoles que la próxima vez que me viesen, mis
manos iban a estar repletas de mithril. Pero llevaban razón. Khazad-dúm
era una tumba. Un lugar oscuro y silencioso. Si había mithril
debía de estar en las profundidades de las minas, donde, de
momento, no me atrevía a bajar.
Tuve cuidado de no acercarme a la
orilla del lago del Espejo. El día que llegué lo bordeé
con cautela, siempre atento a las ondas del agua. Encontré la
puerta sin bloquear, cosa que me extrañó. Alguien, o
algo, había retirado las piedras que cayeron cuando la
Comunidad del Anillo tuvo que huir de los tentáculos de la
criatura del lago. Enanos no, desde luego, ningún enano
excepto yo había pisado Moria desde que lo hizo Gimli. O eso
creí. Fue algo que me intrigó durante mucho tiempo e
hizo que estuviese más alerta de lo que ya estaba. Procuré, en las primeras
jornadas, salir lo mínimo posible por la puerta del Lago. La
criatura me inquietaba, aunque no había visto señales
de ella desde mi llegada. Así que dediqué el tiempo en
preparar teas y recorrer los niveles superiores dando algo de luz a
Khazad-dûm. En mis recorridos encontré
varias hachas en buen estado, que pulí y afilé a
conciencia, y una cota de mi talla de mejor factura que la que traje
de mi hogar. Era muy pesada e incomoda, pero a su vez me daba
seguridad. Repartí las hachas grandes de
doble filo por varias salas, por si me encontraba con dificultades y
tenía que echar mano de ellas, y me armé con dos cortas
sujetas al cinturón. También encontré máscaras
de las que mis antepasados usaban para combatir contra los dragones,
y durante un par de días llevé una puesta, hasta que me
di cuenta que impedía mis movimientos. Entre la cota de malla
y la máscara, era más fácil que algún
enemigo me diese caza por los pasadizos. Así que la guardé
para regalársela a mi padre a mi regreso. Opté por un
yelmo liviano de cuero con refuerzos de hierro. Hierro, eso era lo único que
encontraba. Nada de mithril.
Otro problema era la comida. Dentro de
las minas no había nada con lo que alimentarse y mis
provisiones, bien racionadas, podrían durar un mes. El agua no
era problema. Había manantiales en las minas que ni los orcos
lograron corromper. Tendría que salir al exterior a
cazar y buscar plantas, nueces, bellotas, bayas, o cualquier cosa que
un estómago enano puede soportar. Pero eso sería más
adelante. Mi primer objetivo era el mithril y
disfrutar de la sensación de ser el nuevo Señor de
Moria. 2月14日 La llegada a Khazad-dûm Tras muchos acontecimientos que tal vez relate más adelante, llegué a Khazad-dûm un atardecer de verano de cielo cargado de nubes espesas. Entrar fue fácil. La antigua contraseña para abrir las puertas, "Mellon", era el nombre que mis padres me pusieron al nacer, en honor a mi abuelo Gimli y los relatos que contaba a su hijo Gabil, mi padre, tras la grerra del Anillo. En un primer momento, a poner pie en la entrada de las minas, me arrepentí de haber hecho tan largo viaje. El antiguo orgullo de los enanos era ahora un estercolero repleto de excrementos y huesos de orco, esqueletos de los enanos de Balin que murieron con las cotas de malla puestas y armas oxidadas esparcidas por el suelo. Olía a muerte y humedad. Lo primero que hice fue buscar la tumba de Balin, y al igual que mi abuelo, llorar a los pies de la losa. Después, sólo como estaba, recorri parte del nivel superior y busqué una sala donde poder alojarme. Escogí una que no tuviese pozo para evitar escuchar los susurros de las entrañas de Moria, y la adecenté lo mejor que pude, sacando huesos y armas, y encendiendo un pequeño fuego para quitarme de encima la heladora sensación que producía la vasta soledad de las minas de mis antepasados. Esa noche dormí poco y mal, y amarrado a mi hacha tuve sueños en los que un retumbar de tambores precedía a cientos de orcos que me asediaban.
|