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日志


3月25日

Relatos de Moria. Leyenda enana.

Celos de Luna

Corría por el bosque disfrutando de su libertad, de su eterna vida. Era hermosa, más de lo que jamás lo ha sido una criatura que ha pisado esta Tierra.

Su pelo brillaba con luz propia, danzando al son de sus gráciles pasos.

Pelo de dorado color oro.

Sus manos acariciaban los árboles al pasar junto a ellos y estos, henchidos de orgullo, agradecían sus caricias entre susurros de amor y pasión.

Manos de piel lechosa.

Allí donde ella estaba, siempre era primavera, los retoños salían de su letargo cuando pasaba y la vida crecía ante sus ojos.

Ojos de claro gris azulado.

Era una chiquilla, joven y alegre, una niña para los suyos, pero una anciana para los mortales. Recién llegada de un remoto lugar, ahora ya formaba parte del bosque. Lo había hecho suyo, o, mejor dicho, el bosque había decidido que no quería más dueña que ella. Era fácil enamorarse de tan bello ser; tan fácil era que incluso la Luna se fijó en ella. Pero no se fijó por amor. Le tomó envidia. Aquella grácil criatura había llegado y le estaba robando su luz, su poder y la reverencia que los seres vivos le otorgaban.

La Luna estaba celosa.

Una noche tras otra, después de salir de su lecho marino, la Luna caminaba por el cielo y observaba a la chiquilla de pelo dorado. El ansia de venganza hizo que comenzase a menguar, cada noche que pasaba, hasta desaparecer y no querer salir a dar su nocturno paseo. Cuando el berrinche pasaba, crecía de nuevo, a la vez que, disimuladamente, escrutaba a la criatura que le había hecho enojar. De nuevo, mostrando todo su poder, todo su esplendor, la Luna subía a lo más alto del firmamento e intentaba eclipsar la belleza de la niña.

Noche de Luna Llena.

Pero el poder que irradiaba la niña superaba con creces al de la Luna. El bosque hacía caso omiso de su luz, solo tenían ojos para la chiquilla. Y la Luna, herida, menguaba de nuevo, para esconderse y que nadie pudiese ver su furia. En las noches en las que no aparecía, comenzó a urdir su venganza. Comenzó a pensar en como volver a recuperar su reinado. Reinado de luz dorada, reinado de Luna.

La Luna y su reino.

El mar, siempre atento e inquieto, era el único que conocía la furia de la Luna, ya que esta dormía cada día bajo su manto. Y la escuchaba murmurar palabras de venganza, palabras sin sentido para él. No entendía el porqué de sus enfados, y le preguntó, preguntó a la Luna.

El mar no sabe que ocurre.

Y la Luna, al ser preguntada por el mar, tuvo una idea. Engañaría al mar para poder deshacerse de la niña. Planeó su venganza meticulosamente; dijo al mar que le había encontrado una esposa, una compañera. El mar, hastiado de su profunda soledad, preguntó quién era el ser que quería formar parte de él. Preguntó quién estaría dispuesto a soportar sus continuos cambios de humor y rabietas, preguntó quién sería capaz de amarle y comprenderle. La Luna, sonriente, le dijo que solo tenía que llamar con su profunda voz a una niña que habitaba en el bosque, que ella estaba esperando su llamada, y que- continuó mintiendo la Luna- la chiquilla le había dicho que amaba al mar, mas no era capaz de decírselo por miedo a que la rechazase.

La Luna engaña al Mar.

Una noche, noche de Luna Llena, la niña corría por el bosque, entre los árboles y bajo las estrellas. Pero aquella noche una voz se alzó entre el murmullo del bosque. Una voz que la llamó repetidas veces. Ella, demasiado curiosa debido a su inocencia, se encaminó en dirección a la voz, y salió del bosque. Allí, no muy lejos, vio al mar. Era el mismo mar del que hace no mucho- para ella- había llegado. Aunque no entendía porque la llamaba. Así que se acercó a la playa, cerca del agua, y le preguntó qué es lo que quería. El mar, al verla, también la recordó, recordó el día en el que los pies de la chiquilla acariciaron su orilla, al bajar de un barco. Recordó cómo deseó poder atesorarla ese día. Nunca imaginó que una criatura como aquella pudiese enamorarse de él. Y sin decir nada, pensando que ella le amaba, sacó uno de sus brazos de agua y se la llevó consigo.

El mar se la lleva.

Hasta lo más profundo de su ser el mar se llevó a la niña. Y allí, en su corazón, la depositó. Pero la chiquilla de dorado pelo no le hablaba, nada le decía. Una y otra vez acariciaba su rostro, pero ella no reaccionaba. Y la miró a los ojos, y en ellos vio la sombra cristalina de la muerte. Entonces escuchó una risa en lo alto del cielo. Y supo del engaño de la Luna.

La Luna se había vengado.

*          *          *

Desde aquel día el mar sigue a la Luna, la sigue allá donde va. No la deja descansar en paz bajo su lecho, y hace que tenga que buscar la noche en otras tierras. Continuamente le recuerda su vil acto y, alguna noche, sube el cuerpo sin vida de la chiquilla a la superficie, para que la Luna lo vea.

Es entonces, en esas noches, cuando un rojizo color sangre tiñe la luz de la Luna.

3月23日

Relatos de Moria. Baruk Khazad!

Documento encontrado en la sala archivo de Khazad-dûm, de autor desconocido, y transcrito por Mellon Gabilul.

Baruk Khazad!

 El aire era pesado, espeso. La niebla se mezclaba con el humo procedente de los fuegos de las huestes oscuras. No se les veía, pero estaban ahí, esperando. Rakhâs, Orcos. Sus voces podían oírse entre la bruma. Ellos mantenían la posición hasta que su General diese la orden de avanzar. No eran muchos en comparación al ejercito de Morgoth, apenas llegaban a las cinco centenas. Pero eran Enanos, orgullosos guerreros descendientes de Durin. Algunos daban los últimos toques a sus armas, otros invocaban a sus antepasados pidiendo fuerza y valor para la batalla. Ninguno de ellos hablaba o murmuraba. Y si alguno tenía miedo, no lo demostraba.

 Faltaba poco para la contienda y las hachas estaban prestas, los escudos amarrados y las cotas de malla tintineaban débilmente aquí y allá. Las máscaras de hierro permanecían alzadas, a la espera de la orden de ataque. Al bajarlas sobre sus rostros era cuando más temibles parecían ante el enemigos, completamente enfundados en pesado hierro. Todos estaban dispuestos para que Mahal les acogiese en su seno en el caso de caer en la lucha.

—Baruk Khazad!— la voz llegó de las primeras filas. Acto seguido, más atrás, el grito se repitió dos o tres veces. Y el sonido del entrechocar de las hachas contra los escudos comenzó a sonar. Baruk Khazad!, Las Hachas de los Enanos cantaban.

—Formación en cuña. Den la orden a sus escuadras y esperen mi señal.

El que habló era el mismo del grito de guerra inicial, el General Baraz. Junto a él, rodeándole, sus capitanes asintieron y se dispersaron entre la niebla. Uno de ellos, el más joven, esperó a que los demás se fuesen.

—Mi señor, ¿en cuña? Son demasiados, mi señor. Deberíamos contenerles aquí arriba y esperar a las hachas de Azaghâl, General.

 El joven capitán contempló el rostro de su señor. Ni tan siquiera pestañeaba y su mirada se perdía en la oscura bruma. Su rostro era pétreo, casi parecía esculpido a golpe de cincel.

—¿General?- dijo de nuevo.

—Os he oído. Y vos a mí. No me hagáis repetir la orden, joven Kibil— no le miró al decir esto. Mientras, las filas comenzaban a agruparse en formación de ataque.

—Sí, mi señor. Mi escuadra cerrará el flanco derecho. ¡Que Durin guíe vuestra mano!— y se fue de allí, tras inclinar levemente la cabeza ante él.

 Ya había dado su opinión, tal vez se equivocó al hacerlo, pero su corazón le decía que atacar de aquella manera era un suicidio. Cierto era que la formación en cuña era la preferida por las tropas enanas en sus ataques, y su efectividad en romper filas enemigas era temida por estos. Pero los exploradores trajeron malas noticias aquel día. Las tropas de Morgoth contaban con seis veces diez centenas, y continuaban llegando más. Entre ellos, venían Hombres que servían bajo los negros estandartes y se escuchaba el relinchar de caballos.

 La espesa niebla impedía ver las posiciones que estaban tomando bajo las colinas, y tampoco se podía ver si ya estaba dispuesto el ejército al mando de Azaghâl. Lo lógico, pensaba Kibil, sería enviar un mensajero para acordar un ataque conjunto con el resto de tropas, pero sabía que era inútil discutir con su General. Aquel día ya había cometido la osadía de no acatar al instante una de sus órdenes, y eso no sería olvidado. Baraz, "el Rojo", era uno de los más temidos generales de Azaghâl, Señor de Belegost. Las tropas que estaban a su mando constituían la elite del ejercito de Belegost. Eran los que primero avanzaban en las batallas y los últimos en abandonarlas.

 Kibil llegó hasta la posición de su escuadra, que permanecía esperando órdenes. Estaba formada por robustos jóvenes enanos escogidos personalmente por él. Confiaba en ellos y ellos en su Capitán. En momentos como aquél, debía ser cuidadoso con sus palabras y no dejar entrever sus temores.

—¡A la derecha! ¡Hay que cerrar la cuña!— gritó lo más alto que pudo, dirigiendo a sus guerreros golpeándoles con su hacha en los escudos- ¡Vamos, vamos! ¡Cerrad esa formación! ¡Abajo esas máscaras!

—Capitán, ¿vamos a bajar con esta niebla? No sabemos lo que hay abajo — el que habló se paró un momento ante él. Kibil le bajó la máscara de un manotazo.

—¡Cierra la boca Felak! ¿Acaso temes a la bruma? Ponte en tu sitio y cumple las órdenes ¡Ya!— el enano corrió a las filas y se integró en ellas.

 Pero Kibil sabía que todos pensaban lo mismo que Felak. Incluso él mismo lo pensaba. Aquello era una locura, pero eran guerreros pertenecientes a un ejército, y como tales, no les era permitido pensar. Solo debían obedecer las órdenes de su General.

La formación ya estaba completada. Ahora todos ellos se mantenían muy quietos y ya nadie entrechocaba el hacha contra el escudo. Solo esperaban la señal para avanzar. Las voces de los orcos les llegaban más claras que antes, mientras la niebla se negaba a disiparse.

Y la señal llegó.

—Baruk Khazad! Khazad ai-mênu!— la voz ronca del General Baraz rompió el tenso silencio. ¡Las Hachas de los Enanos! ¡Los Enanos están sobre vosotros!

 El grito de batalla se repitió entre las filas hasta que acabó siendo un clamor de guturales voces. Y comenzaron a avanzar. Luego, poco a poco, según iban internándose en la niebla, los gritos fueron cesando. Las pesadas botas marcaban el ritmo de marcha mientras descendían colina abajo. La formación era cerrada y se desplazaba lentamente, como si de una gran máquina de hierro se tratase.

—Podría tener a un orco ante mí y no ver su asquerosa cara ¡Maldita niebla!— la voz llegó de las filas interiores, detrás de Kibil, y otros tantos comenzaron a murmurar.

—¿Por qué no esperamos a Azaghâl?— decían unos— Capitán ¡el General ha perdido el juicio!— comentaban otros.

—¡Silencio ahí atrás!  —la voz autoritaria de Kibil acalló las voces.

 Delante de ellos, en la punta de la cuña, comenzó la batalla. Escucharon los primeros gritos y entrechocar de armas, pero no podían divisar nada.

—¡No rompáis la formación! ¡Adelante! ¡Los tenemos cerca! Baruk Khazad! Khazad ai-mênu!- la escuadra avanzó un poco más mientras los guerreros gritaban de nuevo.

 Fueron atacados por el flanco, donde unas sombras surgieron de la bruma. Kibil tuvo el momento justo para ver como un orco caía sobre él. Le golpeó con el escudo en el estómago y atacó con el hacha. Dos veces la hundió en el hombro del atacante, hasta que el brazo entero se desprendió. Otros tantos cayeron bajo el hierro de su escuadra. El resto de orcos desapareció por donde había venido. Kibil continuaba gritándoles a sus guerreros.

—¡Formación cerrada! ¡Formación cerrada! ¡Atentos a los lados! ¡Sólo están probándonos!

 La niebla comenzó a disiparse, muy lentamente al principio. Más tarde pudieron ver su formación completa y distinguir a los de las primeras filas, con Baraz al frente. Habían bajado mucho y ya estaban en terreno llano. Continuaron avanzando a golpe de bota. Delante de ellos aparecía el ejército de Morgoth formando en largas hileras, tras trincheras de fuego. El campo de visión ya era muy amplio y la niebla se perdía tras las colinas. Y pudieron ver un ejército aun más poderoso de lo que esperaban.

Al frente, ante ellos, orcos. Detrás, protegidos por estos, arqueros, y más atrás, se alzaba un bosque de lanzas portadas por jinetes. A la derecha, trolls de negras cotas de malla armados con mazas, a la izquierda, hombres de lejanos países, con los cuerpos y las caras pintadas. Todos portaban fuego, el mismo que alimentaba los pozos que habían excavado en la tierra.

Ellos continuaron la marcha, y aunque las máscaras no dejaban ver sus rostros, en casi todos apareció una sombra de temor. El ejército de Morgoth era inmenso.

Algunos giraron la cabeza en dirección a las colinas buscando los estandartes de Azaghâl, pero las cumbres estaban desiertas. El Señor de Belegost no había llegado y ellos se dirigían al centro de las filas enemigas, como siempre hacían, pero esta vez sin hachas a sus espaldas que les siguiesen. Los orcos al verlos, comenzaron a gritar, alzando sus cimitarras. Las formaciones se agitaban con ansias de aplastar a los insolentes enanos, pero la señal de ataque aun no había sido dada. Los látigos trabajaban entre las filas oscuras conteniendo a las huestes, hasta que sonasen los tambores de batalla.

Kibil sudaba tras la máscara de hierro. Muy pocas veces en su vida había sentido miedo, y aquella era una de ellas. Pero su voz sonó alta y clara entre los suyos.

—¿Habéis afilado las hachas?— gritó, tal y como lo hacía siempre antes de entrar en batalla. Pero aquél día nadie contestaba, al igual que lo hacían otras veces. De nuevo gritó, esta vez más alto —¿Habéis afilado las hachas?

—¡Sí Capitán!— parte de los de su escuadra contestaron.

—¿Y que haréis con ellas?— volvió a gritar.

—¡Matar orcos, Capitán! ¡Matar orcos!— esta vez más voces se unieron a la arenga.

—¿Quiénes somos?— su voz sonó como un ronco rugido.

—Baruk Khazad! Baruk Khazad! Baruk Khazad! Khazad ai-mênu!— el griterío se extendió entre todos los guerreros. Y continuaron avanzando.

 Los tambores de las huestes de Morgoth redoblaron. Los hombres pintados salieron de sus formaciones y corrieron hacia ellos. Los látigos de los capitanes dejaron de restallar y los orcos saltaron al ataque, a la vez que las lluvias de flechas comenzaron a caer. Estas rebotaban en los escudos y máscaras de los enanos, pero causaron alguna baja. Cuando uno era alcanzado, las filas se apretaban un poco más, cubriendo el hueco del caído.

Los primeros hombres pintados llegaron a la punta de la cuña. Las hachas subían y bajaban causando estragos entre ellos. El flanco de Kibil recibió la segunda andanada. No fue muy difícil rechazarlos una y otra vez, pero continuaban llegando más. Los orcos ya estaban a tiro de piedra. A lo lejos, las filas de lanzas comenzaban a desplazarse y los trolls ya se movían en su dirección. Kibil gritaba a los suyos para que no se rompiese la compacta formación, pero ya casi estaban completamente rodeados. Los orcos cayeron sobre ellos, enseñando sus rojas lenguas ávidas de sangre.

Kibil dirigió a los suyos lo mejor que pudo. La formación ya estaba rota, pero él mantenía unida a su escuadra. Su hacha segó muchos brazos y piernas, tal y como le enseñaron a hacerlo. Aprovechando su estatura, se agachaba un poco al llegar un enemigo y le atacaba en las piernas, o los largos brazos de los orcos, luego, el volteo del hacha buscaba el pecho o el cuello del adversario. Pero eran demasiados. Y aun quedaban por llegar los trolls y sus mazas de hierro. Delante de él, a no muchos pasos, el hacha de Baraz demostraba el porqué del rango de General de su dueño. Y también vio como los suyos comenzaban a caer bajo las cimitarras orcas.

 Hicieron dudar a los orcos que llegaban, al ver como sus compañeros caían mutilados. Pero la entrada en batalla de los trolls equilibró la balanza hacia el lado de Morgoth. Las pesadas mazas comenzaron a partir las máscaras enanas. Felak cayó al suelo con la cabeza aplastada antes de que Kibil y tres enanos más derribaran a un troll a hachazos. Baraz dio cuenta de uno él solo, y ya se había desprendido de su máscara, mostrando el rostro salpicado de sangre oscura.

Pero la batalla estaba perdida, Kibil lo sabía, así como también sabía que los lanceros no tardarían en llegar para rematarlos. Y cada vez que miraba al General, como atacaba y gritaba absorto en la lucha, más cuenta se daba que la retirada era algo impensable para Baraz. Así que él también se deshizo de su máscara de hierro, comprobó las correas del escudo y aferró con fuerza el hacha. Y encomendó su vida a Mahal.

 Durante bastante tiempo aguantaron los continuos embistes de los trolls, cortaron muchas cabezas orcas e hicieron huir a los hombres pintados. Hasta que a otro redoble de tambores le siguió el retumbar de los lanceros a caballo. En una situación más favorable, con las tropas enanas formando cerradas filas, los caballos hubiesen sucumbido ante ellos. Pero ahora estaban desperdigados y la mitad de ellos yacían en el suelo. Y los lanceros realizaron a la perfección su trabajo. Quedaron diezmados, y los pocos que quedaban resistieron a duras penas. El General Baraz quedó herido por una lanza, y un troll le tiró al suelo de un mazazo. Aun así, antes de morir, cortó el brazo del troll con su hacha. Luego, varios orcos le remataron a conciencia.

 Kibil había perdido su escudo, y segó muchas patas de caballo agarrando el hacha con ambas manos. Cuando vio caer a su General intentó correr hacia él, pero un fuerte golpe en el cuello le hizo dar varias vueltas por el suelo. A lo lejos, desde muy lejos, escuchó un sonido familiar, un sonido de guerra.

—Baruk Khazad! Khazad ai-mênu! Baruk Khazad! Khazad ai-mênu!

 Desde el suelo, pudo contemplar la bajada de un gran ejército enano por las colinas. Las filas perfectamente formadas avanzaban en cuña, dirigiéndose hacia las esparcidas huestes de Morgoth. Azaghâl, el Señor de Belegost había llegado. Fue lo último que vio.

 *          *          *

 Los Enanos de Azaghâl aplastaron al ejército de Morgoth. Los lanceros a caballo sucumbieron ante las compactas filas. Los trolls cayeron bajo las hachas y los orcos huyeron de ellos. De las tropas de Baraz no quedó nadie, ni vivos ni heridos. Más tarde, en el devastado campo de batalla, los enanos recogieron a sus muertos, casi cinco centenas del General Baraz y otras tres del Señor de Belegost. El cuerpo de Kibil fue encontrado bajo un gran troll, y su cabeza, decapitada, varios pasos más allá. La cabeza miraba a las colinas y una tenue sonrisa cruzaba su rostro.

 Ahora descansa junto a los Siete Padres.

Que su hacha y las de sus hermanos sean forjadas de nuevo por Mahal.