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日志


3月23日

Relatos de Moria. Baruk Khazad!

Documento encontrado en la sala archivo de Khazad-dûm, de autor desconocido, y transcrito por Mellon Gabilul.

Baruk Khazad!

 El aire era pesado, espeso. La niebla se mezclaba con el humo procedente de los fuegos de las huestes oscuras. No se les veía, pero estaban ahí, esperando. Rakhâs, Orcos. Sus voces podían oírse entre la bruma. Ellos mantenían la posición hasta que su General diese la orden de avanzar. No eran muchos en comparación al ejercito de Morgoth, apenas llegaban a las cinco centenas. Pero eran Enanos, orgullosos guerreros descendientes de Durin. Algunos daban los últimos toques a sus armas, otros invocaban a sus antepasados pidiendo fuerza y valor para la batalla. Ninguno de ellos hablaba o murmuraba. Y si alguno tenía miedo, no lo demostraba.

 Faltaba poco para la contienda y las hachas estaban prestas, los escudos amarrados y las cotas de malla tintineaban débilmente aquí y allá. Las máscaras de hierro permanecían alzadas, a la espera de la orden de ataque. Al bajarlas sobre sus rostros era cuando más temibles parecían ante el enemigos, completamente enfundados en pesado hierro. Todos estaban dispuestos para que Mahal les acogiese en su seno en el caso de caer en la lucha.

—Baruk Khazad!— la voz llegó de las primeras filas. Acto seguido, más atrás, el grito se repitió dos o tres veces. Y el sonido del entrechocar de las hachas contra los escudos comenzó a sonar. Baruk Khazad!, Las Hachas de los Enanos cantaban.

—Formación en cuña. Den la orden a sus escuadras y esperen mi señal.

El que habló era el mismo del grito de guerra inicial, el General Baraz. Junto a él, rodeándole, sus capitanes asintieron y se dispersaron entre la niebla. Uno de ellos, el más joven, esperó a que los demás se fuesen.

—Mi señor, ¿en cuña? Son demasiados, mi señor. Deberíamos contenerles aquí arriba y esperar a las hachas de Azaghâl, General.

 El joven capitán contempló el rostro de su señor. Ni tan siquiera pestañeaba y su mirada se perdía en la oscura bruma. Su rostro era pétreo, casi parecía esculpido a golpe de cincel.

—¿General?- dijo de nuevo.

—Os he oído. Y vos a mí. No me hagáis repetir la orden, joven Kibil— no le miró al decir esto. Mientras, las filas comenzaban a agruparse en formación de ataque.

—Sí, mi señor. Mi escuadra cerrará el flanco derecho. ¡Que Durin guíe vuestra mano!— y se fue de allí, tras inclinar levemente la cabeza ante él.

 Ya había dado su opinión, tal vez se equivocó al hacerlo, pero su corazón le decía que atacar de aquella manera era un suicidio. Cierto era que la formación en cuña era la preferida por las tropas enanas en sus ataques, y su efectividad en romper filas enemigas era temida por estos. Pero los exploradores trajeron malas noticias aquel día. Las tropas de Morgoth contaban con seis veces diez centenas, y continuaban llegando más. Entre ellos, venían Hombres que servían bajo los negros estandartes y se escuchaba el relinchar de caballos.

 La espesa niebla impedía ver las posiciones que estaban tomando bajo las colinas, y tampoco se podía ver si ya estaba dispuesto el ejército al mando de Azaghâl. Lo lógico, pensaba Kibil, sería enviar un mensajero para acordar un ataque conjunto con el resto de tropas, pero sabía que era inútil discutir con su General. Aquel día ya había cometido la osadía de no acatar al instante una de sus órdenes, y eso no sería olvidado. Baraz, "el Rojo", era uno de los más temidos generales de Azaghâl, Señor de Belegost. Las tropas que estaban a su mando constituían la elite del ejercito de Belegost. Eran los que primero avanzaban en las batallas y los últimos en abandonarlas.

 Kibil llegó hasta la posición de su escuadra, que permanecía esperando órdenes. Estaba formada por robustos jóvenes enanos escogidos personalmente por él. Confiaba en ellos y ellos en su Capitán. En momentos como aquél, debía ser cuidadoso con sus palabras y no dejar entrever sus temores.

—¡A la derecha! ¡Hay que cerrar la cuña!— gritó lo más alto que pudo, dirigiendo a sus guerreros golpeándoles con su hacha en los escudos- ¡Vamos, vamos! ¡Cerrad esa formación! ¡Abajo esas máscaras!

—Capitán, ¿vamos a bajar con esta niebla? No sabemos lo que hay abajo — el que habló se paró un momento ante él. Kibil le bajó la máscara de un manotazo.

—¡Cierra la boca Felak! ¿Acaso temes a la bruma? Ponte en tu sitio y cumple las órdenes ¡Ya!— el enano corrió a las filas y se integró en ellas.

 Pero Kibil sabía que todos pensaban lo mismo que Felak. Incluso él mismo lo pensaba. Aquello era una locura, pero eran guerreros pertenecientes a un ejército, y como tales, no les era permitido pensar. Solo debían obedecer las órdenes de su General.

La formación ya estaba completada. Ahora todos ellos se mantenían muy quietos y ya nadie entrechocaba el hacha contra el escudo. Solo esperaban la señal para avanzar. Las voces de los orcos les llegaban más claras que antes, mientras la niebla se negaba a disiparse.

Y la señal llegó.

—Baruk Khazad! Khazad ai-mênu!— la voz ronca del General Baraz rompió el tenso silencio. ¡Las Hachas de los Enanos! ¡Los Enanos están sobre vosotros!

 El grito de batalla se repitió entre las filas hasta que acabó siendo un clamor de guturales voces. Y comenzaron a avanzar. Luego, poco a poco, según iban internándose en la niebla, los gritos fueron cesando. Las pesadas botas marcaban el ritmo de marcha mientras descendían colina abajo. La formación era cerrada y se desplazaba lentamente, como si de una gran máquina de hierro se tratase.

—Podría tener a un orco ante mí y no ver su asquerosa cara ¡Maldita niebla!— la voz llegó de las filas interiores, detrás de Kibil, y otros tantos comenzaron a murmurar.

—¿Por qué no esperamos a Azaghâl?— decían unos— Capitán ¡el General ha perdido el juicio!— comentaban otros.

—¡Silencio ahí atrás!  —la voz autoritaria de Kibil acalló las voces.

 Delante de ellos, en la punta de la cuña, comenzó la batalla. Escucharon los primeros gritos y entrechocar de armas, pero no podían divisar nada.

—¡No rompáis la formación! ¡Adelante! ¡Los tenemos cerca! Baruk Khazad! Khazad ai-mênu!- la escuadra avanzó un poco más mientras los guerreros gritaban de nuevo.

 Fueron atacados por el flanco, donde unas sombras surgieron de la bruma. Kibil tuvo el momento justo para ver como un orco caía sobre él. Le golpeó con el escudo en el estómago y atacó con el hacha. Dos veces la hundió en el hombro del atacante, hasta que el brazo entero se desprendió. Otros tantos cayeron bajo el hierro de su escuadra. El resto de orcos desapareció por donde había venido. Kibil continuaba gritándoles a sus guerreros.

—¡Formación cerrada! ¡Formación cerrada! ¡Atentos a los lados! ¡Sólo están probándonos!

 La niebla comenzó a disiparse, muy lentamente al principio. Más tarde pudieron ver su formación completa y distinguir a los de las primeras filas, con Baraz al frente. Habían bajado mucho y ya estaban en terreno llano. Continuaron avanzando a golpe de bota. Delante de ellos aparecía el ejército de Morgoth formando en largas hileras, tras trincheras de fuego. El campo de visión ya era muy amplio y la niebla se perdía tras las colinas. Y pudieron ver un ejército aun más poderoso de lo que esperaban.

Al frente, ante ellos, orcos. Detrás, protegidos por estos, arqueros, y más atrás, se alzaba un bosque de lanzas portadas por jinetes. A la derecha, trolls de negras cotas de malla armados con mazas, a la izquierda, hombres de lejanos países, con los cuerpos y las caras pintadas. Todos portaban fuego, el mismo que alimentaba los pozos que habían excavado en la tierra.

Ellos continuaron la marcha, y aunque las máscaras no dejaban ver sus rostros, en casi todos apareció una sombra de temor. El ejército de Morgoth era inmenso.

Algunos giraron la cabeza en dirección a las colinas buscando los estandartes de Azaghâl, pero las cumbres estaban desiertas. El Señor de Belegost no había llegado y ellos se dirigían al centro de las filas enemigas, como siempre hacían, pero esta vez sin hachas a sus espaldas que les siguiesen. Los orcos al verlos, comenzaron a gritar, alzando sus cimitarras. Las formaciones se agitaban con ansias de aplastar a los insolentes enanos, pero la señal de ataque aun no había sido dada. Los látigos trabajaban entre las filas oscuras conteniendo a las huestes, hasta que sonasen los tambores de batalla.

Kibil sudaba tras la máscara de hierro. Muy pocas veces en su vida había sentido miedo, y aquella era una de ellas. Pero su voz sonó alta y clara entre los suyos.

—¿Habéis afilado las hachas?— gritó, tal y como lo hacía siempre antes de entrar en batalla. Pero aquél día nadie contestaba, al igual que lo hacían otras veces. De nuevo gritó, esta vez más alto —¿Habéis afilado las hachas?

—¡Sí Capitán!— parte de los de su escuadra contestaron.

—¿Y que haréis con ellas?— volvió a gritar.

—¡Matar orcos, Capitán! ¡Matar orcos!— esta vez más voces se unieron a la arenga.

—¿Quiénes somos?— su voz sonó como un ronco rugido.

—Baruk Khazad! Baruk Khazad! Baruk Khazad! Khazad ai-mênu!— el griterío se extendió entre todos los guerreros. Y continuaron avanzando.

 Los tambores de las huestes de Morgoth redoblaron. Los hombres pintados salieron de sus formaciones y corrieron hacia ellos. Los látigos de los capitanes dejaron de restallar y los orcos saltaron al ataque, a la vez que las lluvias de flechas comenzaron a caer. Estas rebotaban en los escudos y máscaras de los enanos, pero causaron alguna baja. Cuando uno era alcanzado, las filas se apretaban un poco más, cubriendo el hueco del caído.

Los primeros hombres pintados llegaron a la punta de la cuña. Las hachas subían y bajaban causando estragos entre ellos. El flanco de Kibil recibió la segunda andanada. No fue muy difícil rechazarlos una y otra vez, pero continuaban llegando más. Los orcos ya estaban a tiro de piedra. A lo lejos, las filas de lanzas comenzaban a desplazarse y los trolls ya se movían en su dirección. Kibil gritaba a los suyos para que no se rompiese la compacta formación, pero ya casi estaban completamente rodeados. Los orcos cayeron sobre ellos, enseñando sus rojas lenguas ávidas de sangre.

Kibil dirigió a los suyos lo mejor que pudo. La formación ya estaba rota, pero él mantenía unida a su escuadra. Su hacha segó muchos brazos y piernas, tal y como le enseñaron a hacerlo. Aprovechando su estatura, se agachaba un poco al llegar un enemigo y le atacaba en las piernas, o los largos brazos de los orcos, luego, el volteo del hacha buscaba el pecho o el cuello del adversario. Pero eran demasiados. Y aun quedaban por llegar los trolls y sus mazas de hierro. Delante de él, a no muchos pasos, el hacha de Baraz demostraba el porqué del rango de General de su dueño. Y también vio como los suyos comenzaban a caer bajo las cimitarras orcas.

 Hicieron dudar a los orcos que llegaban, al ver como sus compañeros caían mutilados. Pero la entrada en batalla de los trolls equilibró la balanza hacia el lado de Morgoth. Las pesadas mazas comenzaron a partir las máscaras enanas. Felak cayó al suelo con la cabeza aplastada antes de que Kibil y tres enanos más derribaran a un troll a hachazos. Baraz dio cuenta de uno él solo, y ya se había desprendido de su máscara, mostrando el rostro salpicado de sangre oscura.

Pero la batalla estaba perdida, Kibil lo sabía, así como también sabía que los lanceros no tardarían en llegar para rematarlos. Y cada vez que miraba al General, como atacaba y gritaba absorto en la lucha, más cuenta se daba que la retirada era algo impensable para Baraz. Así que él también se deshizo de su máscara de hierro, comprobó las correas del escudo y aferró con fuerza el hacha. Y encomendó su vida a Mahal.

 Durante bastante tiempo aguantaron los continuos embistes de los trolls, cortaron muchas cabezas orcas e hicieron huir a los hombres pintados. Hasta que a otro redoble de tambores le siguió el retumbar de los lanceros a caballo. En una situación más favorable, con las tropas enanas formando cerradas filas, los caballos hubiesen sucumbido ante ellos. Pero ahora estaban desperdigados y la mitad de ellos yacían en el suelo. Y los lanceros realizaron a la perfección su trabajo. Quedaron diezmados, y los pocos que quedaban resistieron a duras penas. El General Baraz quedó herido por una lanza, y un troll le tiró al suelo de un mazazo. Aun así, antes de morir, cortó el brazo del troll con su hacha. Luego, varios orcos le remataron a conciencia.

 Kibil había perdido su escudo, y segó muchas patas de caballo agarrando el hacha con ambas manos. Cuando vio caer a su General intentó correr hacia él, pero un fuerte golpe en el cuello le hizo dar varias vueltas por el suelo. A lo lejos, desde muy lejos, escuchó un sonido familiar, un sonido de guerra.

—Baruk Khazad! Khazad ai-mênu! Baruk Khazad! Khazad ai-mênu!

 Desde el suelo, pudo contemplar la bajada de un gran ejército enano por las colinas. Las filas perfectamente formadas avanzaban en cuña, dirigiéndose hacia las esparcidas huestes de Morgoth. Azaghâl, el Señor de Belegost había llegado. Fue lo último que vio.

 *          *          *

 Los Enanos de Azaghâl aplastaron al ejército de Morgoth. Los lanceros a caballo sucumbieron ante las compactas filas. Los trolls cayeron bajo las hachas y los orcos huyeron de ellos. De las tropas de Baraz no quedó nadie, ni vivos ni heridos. Más tarde, en el devastado campo de batalla, los enanos recogieron a sus muertos, casi cinco centenas del General Baraz y otras tres del Señor de Belegost. El cuerpo de Kibil fue encontrado bajo un gran troll, y su cabeza, decapitada, varios pasos más allá. La cabeza miraba a las colinas y una tenue sonrisa cruzaba su rostro.

 Ahora descansa junto a los Siete Padres.

Que su hacha y las de sus hermanos sean forjadas de nuevo por Mahal.

 

 

3月20日

Diarios de Moria. Conversaciones con el orco.

En una de las muchas escaramuzas que tuvimos el orco y yo, sin saber cómo, quedamos parapetados –uno a cada lado de la puerta- en una sala doble repleta de documentos. Era uno de los archivos de Moria. Yo estaba maravillado del descubrimiento. Allí había miles de manuscritos que seguro contenían toda la historia de Khazad.dûm. En un primer vistazo pude ver que muchos de ellos estaban en muy mal estado, mientras que otros parecían conservarse bastante bien.
El problema era que el orco estaba al otro lado de la puerta y me era imposible ponerme a revisarlos de inmediato.
Le oía trastear al otro lado. Temí que, si en la otra sala también había manuscritos, el orco se dedicase a destrozarlos.
- Deja lo que estés haciendo, orco inmundo –le grité.
- Pero, pequeñín –contestó arrimándose a la puerta-, no hago nada, sólo te espero. Vamos, abre y hablamos.
- Abre tú y te enseño lo afilada que está mi hacha.
Creo que entonces rió, o algo parecido.
- Estamos los dos solos en Moria, enano. Los dos solos. Será mejor que nos llevemos bien, de momento.
- ¡Ah! –exclamé- ¡Estás solo! Creí que iba a tener que decapitar a unos cuantos como tú. Entonces será más fácil. Un orco no es nada para un enano.
- Sarwa era un idiota. Nunca supo controlar su hambre. Azog es más fuerte y más listo.
- ¿Quién es Sarwa? –pregunté intrigado.
- Al que le dejaste sin cabeza en la puerta. Creí que iba a conseguirlo y los dos tendríamos fresca y buena comida ese día. Pero estaba muy débil y era idiota. Atacó alocadamente y sin armas.
- Y tú, cobarde- repliqué-, le dejaste a mi merced sin ayudarle.
- Te he dicho que Azog es más listo. No tengo prisa por arrancarte los brazos y piernas para saborearlos como merecen. Lo que me sobra es tiempo.
- No creo que tengas mucho tiempo. Pronto esto se llenará de enanos. Tendrás que esconderte muy bien para que no te despellejemos. Si es que no lo hago yo antes, claro.
De nuevo le escuché reír. Y, por el ruido que hacía, a pasar las uñas por la puerta.
- No vendrá nadie, enano estúpido. Tu pueblo sucumbirá al poder de los hombres. Y para ellos Moria no vale nada. Está muerta. Los tuyos se marchitarán en sus cavernas de penumbra, rodeados de oro y miseria. Los míos, si es que quedan otros en algún lugar, ya somos historia.
- Dejasteis de ser algo cuando vuestro amo desapareció al ser destruido el Único –dije alzando la voz-. Los esclavos mueren al morir su dueño. Sin Mordor no hay mal ni orcos para servirle.
- ¡Estúpido! ¡Estúpido enano! –vociferó- No entiendes nada. El poder del Único regresará y serán los hombres quienes lo tomen. Pasarán muchos inviernos pero un día regresará. Puede que no en forma de anillo, quizás sea un arca, o un cáliz, quién sabe. Y los hombres ensalzarán su poder destructivo y matarán y morirán por él. A los enanos puede que se os recuerde en cuentos de niñas perdidas en el bosque y poco más. Moria desaparecerá en el olvido del tiempo.
- ¡Embaucador! –grité enfurecido- ¡Engendro mentiroso!
Lleno de rabia abrí la puerta y, hacha en mano, me lancé a terminar de una vez con todas con aquél orco demasiado hablador para mi gusto.
No le encontré al otro lado. Al final de la sala  había otra puerta por la que supuse que se esfumó.
En aquel momento, enfurecido como estaba, no me fijé en la belleza de la sala en la que me encontraba. Era una sala de escritura, con mesas de finas tallas, donde mis antepasados pasaban horas relatando los acontecimientos de Khazad-dûm.

3月15日

Diarios de Moria. El gato y el ratón.

Después de recuperar, tras la fiebre, parte de las fuerzas y volver a mis expediciones por Moria, comencé a ver al orco de la entrada del lago del Espejo (y de mis delirios) con más frecuencia; en un pasadizo, a la entrada de una sala, en un puente derruido... Unas veces escapaba él y otras era yo el que ponía tierra de por medio. No llegábamos a acercarnos demasiado el uno al otro.
Se convirtió en un problema para mí, principalmente por dos razones. La primera era que no sabía si el orco estaba sólo o había más de su especie a la espera de destriparme. Y la segunda era que mis expediciones por Moria se convirtieron en un calvario. Debía mirar en cada recodo, cada hueco y pozo, vigilar mis espaldas y avanzar tan cauteloso como un hobbit que va a robar hongos.
Cada tramo que avanzaba lo iba iluminando con teas para no ser sorprendido en la oscuridad. Si al día siguiente pasaba por el mismo sitio, las teas estaban apagadas, arrancadas de los soportes de la pared y pisoteadas en el suelo. A veces, cosa que me exasperaba, el orco defecaba sobre las antorchas y yo tenía que cubrirlas con tierra y buscar otras para reponerlas.
Un día, harto, grité a las bóvedas de Khazad-dûm tan alto como pude, “¡Juro que te despellejaré y usaré tu piel como alfombra!”. Poco después de que el eco de mi voz acabase de recorrer Moria, el orco surgió de uno de los túneles que profundizaban en las minas armado con cimitarra y cota de malla. Le lancé una de las hachas cortas y la esquivó. Así que agarré el hacha de doble filo y arremetí contra él. Cruzamos varias veces los hierros. Él era fuerte, yo estaba hastiado de su presencia.
Durante un buen rato medimos nuestras fuerzas, hasta que uno de mis golpes –afortunadamente, ya que estaba al límite de mis fuerzas debido a la fiebre pasada- le desarmó. Saltó hacia atrás y desapareció por un túnel gritando "¡Azog volverá! ¡Volverá!”.
Después de ese día anduvimos persiguiéndonos el uno al otro por Khazad-dûm como lo harían un gato y un ratón.
Cuesta decir quién de los dos era el gato y quién el ratón. Quizás por la estatura yo debería haber sido el roedor acosado, pero tenía hachas y sabía usarlas.

3月13日

Diarios de Moria. Fiebre.

El mordisco del orco hizo que cayese enfermo. Su saliva, putrefacta, entró en mi sangre contaminándola. Lo que comenzó con un escozor en la zona herida, acabó en una fiebre que me tuvo delirando durante tres días. En mis delirios pude “ver” cientos de enanos pululando por Khazad-dûm. Unos esculpían mi nombre en los ábsides de las arcadas, otros forjaban anillos de poder con el mithril que afloraba en forma de gruesas vetas por salas y pasadizos.
Todos los enanos llevaban la capucha calada en la cabeza y, para mi desesperación, lanzaban furtivas miradas a las antorchas que ardían por toda Moria. Velaban mi cadáver al igual que yo velé el de Nurweon. Susurraban que Mellon Gabilul fue un buen Señor de las Minas y que había devuelto el esplendor perdido a Moria.
Entre ellos, destacando por su altura y rasgos grotescos, el orco que había visto en la entrada del lago del Espejo esperaba el final de mi funeral para proclamarse el nuevo Señor de Khazad-dûm. No estás muerto –decía-, pero ellos creen que sí. Y una y otra vez repetía “Azog, Azog, Azog”.
Los pocos momentos de lucidez que tuve los dediqué a beber agua con avidez y comprobar, avanzando a rastras, que la puerta de la sala estaba bien atrancada. Luego volvía a caer en brazos de la fiebre y los enanos aparecían de nuevo junto al orco.
Cuando desperté, sintiéndome un poco mejor noté que estaba empapado de sudor y orina mezclada con excrementos secos. Muerto de hambre, cogía una manzana para comérmela. Al segundo bocado vomité bilis y agua. No soportando el hedor que mi cuerpo desprendía, me desnudé y gasté un odre de agua en un intento desesperado por lavarme.
Me puse ropa limpia y me aseguré, de nuevo, de que la puerta estaba asegurada.
Después caí rendido al suelo y dormí durante casi un día alejado de fiebre y sueños.

3月9日

Diarios de Moria. El ataque.

Una semana después de la muerte de Nurweon salí al exterior a buscar comida. Tuve suerte. Encontré manzanas y cacé dos conejos. Al atardecer me senté a despellejar las dos piezas en la orilla del lago del Espejo. El día era húmedo, con el sol ya bajo escondido tras la bruma, y era agradable sentir el aire fresco en mi rostro. Estaba relajado y el ataque me pilló desprevenido.
Un orco saltó sobre mi, al igual que debió hacerlo el que mató a Balin. Me di la vuelta y forcejeé con él. Era de complexión fuerte, aunque extremadamente flaco, y no llevaba armas. Recordé lo que me contó Nurweon y sentí pavor. El orco estaba hambriento e iba a devorarme. Una cosa es morir con honor en batalla y otra terminar en el estómago de un orco.
Saqué, como pude, el hacha del cinturón y le ataqué. Se defendió agarrándome la mano, y me mordió el brazo. Le golpeé en la nariz y le tiré al suelo. Estaba débil. De dos golpes de hacha, uno en el pecho y otro en la cabeza, le maté. Con la adrenalina a flor de piel acabé por decapitarle. Grité “¡Por Balin!” mientras lo hacía. La sangre oscura del orco me salpicó ropa y cara.
Miré la herida de mi brazo. No tenía buena pinta. Me había desgarrado parte del antebrazo, así que corté un trozo de camisa y lo vendé. Recogí  los conejos y las manzanas del suelo y di la vuelta para entrar en Khazad-dûm para desinfectarme la herida y quitarme la ropa ensangrentada. Entonces lo vi.
Había otro orco en la entrada. Era alto y estaba menos flaco que su compañero. Me miró e hizo una mueca que bien pudo ser algo parecido a una sonrisa. Sacó la lengua, roja e interminablemente larga, y luego susurró: “Azog”.
Después desapareció en la oscuridad de Moria.
Fui tras él con el hacha preparada. No le encontré. Corrí hasta mi cuarto y atranqué la puerta. Lamentablemente no tenía una buena jarra de cerveza a mano para aplacar mis nervios, así que me conformé con unos tragos de hidromiel. Desinfecté el brazo, puse un vendaje limpio a la herida y dejé los conejos para comerlos al día siguiente. Esa noche había perdido el apetito.
Más tranquilo –aunque alerta- , me enfurecí conmigo mismo por ser tan descuidado.
Aún quedaban orcos en Moria.

3月2日

Diarios de Moria. El funeral.

Preparé el cadáver de Nurweon para el entierro. Le recorté la barba y se la decoré con finas trenzas al modo de mi pueblo. Elegí, del montón de armas que había ido recogiendo por Khazad-dûm, un hacha y una daga para ponerlas en su tumba. Le cubrí el rostro con una máscara de hierro con labrados en forma de lenguas de fuego y le vestí con cota de malla de anillos gruesos. Como Nurweon no tenía botas, busqué unas de su talla. Las encontré en los restos de lo que un día pudo ser un almacén. Eran pesadas, pero eso no importaba dadas las circunstancias.
Lo más complicado era encontrar un féretro. Hubiese sido lo más idóneo, pero estaba solo y me hubiese llevado días preparar uno. Decidí enterrarlo en un lugar donde hubiese tierra suelta y cubrirlo con una losa.
Pasé varias horas buscando un lugar adecuado. Al final, tras mucho meditarlo, llevé el cuerpo de Nurweon a la sala dónde reposaban los restos de Balin. Qué mejor lugar, me dije. Al fin y al cabo Nurweon también había sido Señor de Moria por una temporada y merecía estar junto a él.
Excavé una fosa y lo deposité con cuidado. Puse el hacha sobre su pecho y le crucé las manos sobre ella. Coloqué la daga a un lado y una bolsa con bizcocho, miel y nueces a su alcance para el último viaje que iba a realizar. Arrastré la losa que había escogido para él y, antes de cubrirlo, me despedí.
Rogué a Mahal que le acogiese en su seno.
Por último saqué mi cincel y martillo y escribí en la losa:
Nurweon, del pueblo de Mîm, Aran Moria.
Ese día, como manda la tradición, me eché la capucha sobre la cabeza y velé su tumba hasta que la última de las antorchas que iluminaban la sala se consumió.

Volvía a estar solo en Moria.


2月28日

Diarios de moria. El enano mezquino (II)

Nurweon murió pocos días después.
Mis conocimientos médicos se limitaban a lo que todo enano debe saber para sobrevivir, pero no llegaban a alcanzar el tipo de mal que acabó con Nurweon. Aparte de la herida de la pierna, que cicatrizaba bien, y las costras de la piel, no había ningún indicio de que la muerte le estuviese acechando. Pero él sí lo sabía. La noche antes de morir, sentados junto al fuego a la hora de la cena -sin correas que distanciasen la confianza mutua- , me hizo una petición.
Mellon -dijo- cuando muera quiero que me entierres como si fuese uno de los tuyos. No dejes mis restos en las puertas para que los devoren los lobos. Ni los tires por uno de los pozos.
Le contesté que no dijese tonterías. Ahora eramos dos enanos en Moria, y dentro de poco, cuando encontrase mithril, vendrían muchos más. Y, le prometí, nadie de los míos iba a rechazarle por el pasado de su pueblo. De eso iba a encargarme yo. Sonrío, creo que fue la segunda y última vez que vi sonreír, y me hizo prometer que iba a tener un funeral digno.
A la mañana siguiente lo encontré muerto. A su lado, envueltos en un paño, estaban la yesca y el pedernal que me robó.
Durante toda mi vida, las historias que había escuchado contar sobre los enanos mezquinos hablaban sobre un pueblo cobarde y despreciable. Conocer a Nurweon cambió para siempre mi parecer. Lloré por él, y por su pueblo, y me dispuse a preparar un funeral digno de un hijo de Mahal.

2月22日

Diarios de Moria. El enano mezquino (I)

Pasó una semana hasta que el el enano que me robaba quiso hablar conmigo. Le di comida y agua, le traté bien, pero siempre estuvo con las manos atadas a la espalda. No me fiaba de él.
Dijo llamarse Nurweon, y ser descendiente de Mîm. Le dije que eso era imposible, que Mîm fue el último de los enanos mezquinos. Sonrío, por primera vez, al oírme decirlo.
Según su historia, Mîm -antes de traicionar a Turin- ocultó a varios de su pueblo en unas cavernas de las que no quiso darme nombre ni situación, ya que algunos de los suyos aún las habitaban. Allí prosperaron, a su modo, comerciando con pueblos del sur.
Se enteraron de la Guerra del Anillo y de la llegada del rey de Gondor por las noticias que les llegaron de boca de mercaderes del Harad. Fue entonces cuando un grupo de los suyos decidió viajar a Khazad-dûm y presentar sus respetos al Rey bajo la Montaña.

No sabíamos -contó Nurweon- que Khazad-dûm estaba deshabitada. Creímos que tras la caída de Mordor las minas serían un lugar donde los enanos, sin exclusión, podrían comenzar una nueva vida. Nos dijeron que Balin, hijo de Fundin, reinaba aquí. Entramos por las puertas orientales y no encontramos a nadie. Días más tarde, recorriendo Khazd-dûm de parte a parte, vimos la tumba de Balin. Entonces decidimos habitar las minas y acondicionarlas para que el resto de nuestro pueblo pudiese venir. Limpiamos la puerta oeste, que estaba cubierta de rocas, y acabamos con la criatura que habitaba el lago.

En ese momento de la narración debí de exclamar un “¡Oh!“ que retumbó por toda Moria.

Estaba moribunda -continuó Nurweon- y fue fácil abatirla con las hachas. Se hundió en el lago para siempre. Al igual que otros perdió su poder al caer Mordor. Nosotros -dijo, mirándome con fijeza- nunca mostramos vasallaje al Señor Oscuro. Nunca, repitió.

Le pregunté que dónde estaban los demás, el resto del grupo que llegó a Moria. Entonces bajó la mirada y pronunció con temor “Rukhs”. Orcos. Quedaban orcos en las minas aún después de la guerra.
Nurweon me contó, a media voz, que los orcos aparecieron de repente cuando llevaban poco más de un mes en Moria. Eran muchos, no especificó cuantos (cosa que me interesaba por mi propia seguridad), y les atacaron desde los pozos que servían de ventilación a las cámaras.

Estaban enloquecidos -dijo Nurweon- y hambrientos. Cuando mataban a uno de los nuestros se lanzaban sobre él para devorarlo. Se disputaban los cadáveres entre ellos. Nosotros nos defendíamos e intentamos que no tocasen a los caídos. Vi como desmembraban a mi hermano, y a muchos otros. Fue horrible. Aprovechábamos para decapitarlos cuando se echaban sobre los muertos. Durante días estuvimos repeliendo sus ataques y enterrando los despojos que quedaban de los nuestros. Pero cada jornada que pasaba eramos menos. Algunos dijeron que debíamos irnos, regresar a nuestro hogar, pero decidimos que no. Venir a Khazad-dûm era lo único digno que habíamos hecho en nuestra vida. Ya no teníamos que escondernos del resto de mundo. Eramos enanos y si debíamos morir lo haríamos aquí, dónde Durin murió.

Debo reconocer que las palabras de Nurweon me emocionaron, y a la vez, me hicieron sentir mal. Yo había ido a Moria en busca de mithril, a enriquecerme.

Cuando quedábamos poco más de una docena -continuó Nurweon-, tuvimos una gran batalla. Los orcos perecieron bajo nuestras hachas. A cada golpe gritábamos el nombre de Durin y el de Mîm. Creo que acabamos con todos ellos ya que no volvímos a ver ninguna más. Sobrevivimos siete. Después la escasez de comida y las enfermedades hicieron el resto. Sólo quedo yo.

Le pregunté que por qué no se había presentado a mí en vez de robarme. Contestó que por lo mismo que yo le tenía atado. No se fiaba de nadie.

2月19日

Diarios de Moria. La trampa.

Para cazar al ladrón preparé una bolsa con frutos secos, bizcocho y un tarro de miel, y la dejé en la entrada de la sala dónde reposaban los restos de Balin. Rodeé la bolsa con cepos para conejos, que armé y tapé con tierra para ocultarlos, y me escondí tras la tumba de Balin armado con dos hachas y algo de comida y agua para la espera.
Después de varias horas, con los huesos entumecidos y el sueño rondando mis párpados, el chasquido de una de las trampas dio paso a un alarido de dolor.
Rápidamente salté -no sin temor- de mi escondite con un hacha en cada mano, gritando “Baruk Khazad! Khazad ai-mênu!” (¡Hachas de los Enanos! ¡Los Enanos están sobre vosotros!") y caí sobre el ladrón.
Debo reconocer que esperaba una criatura de las profundidades de Moria, deforme, quizás sin rasgos, o algo parecido a lo que fue Gollum, y estaba dispuesto a atacar sin contemplaciones. Quedé atónito al ver retorciéndose en el suelo a un enano famélico.
Con cautela acerqué el filo de una de las hachas al cuello del desconocido y le pregunté.
- Quién eres y por qué me robas?
El enano se tumbó boca abajo en el suelo y comenzó a gemir. Logré distinguir entre sollozos y gorgoteos, “Tengo hambre”, “Estoy solo” y, lo que más me desconcertó “pueblo de Mîm”.
Cuando se tranquilizó y pude comprobar que no era una amenaza para mí, solté su pierna del cepo. El pobre desgraciado no era más que huesos y pellejo. Tenía la piel llena de llagas y la barba tan larga que le llegaba a los pies desnudos. Ni tan siquiera llevaba botas.
Inspeccioné la herida de la pierna. No tenía buena pinta. Al estar tan flaco y carecer de músculo el cepo le había partido el hueso. Le di agua mezclada con la miel del tarro que sirvió de cebo.
Después de entablillar la pierna y cauterizar la herida -cosa que no fue fácil ya que no se dejaba- lo dejé descansar durante un rato.
Me senté frente a él y esperé para preguntar quién Balrogs era.
Era imposible que fuese uno de los enanos de Balin y la mención de Mîm, el enano mezquino, era algo que debía aclarar cuanto antes.


2月16日

Diarios de Moria. Alguien en casa.

El primer día que escuché ruido de pasos en Khazad-dûm creí que tantos días de soledad estaban alterando mis sentidos. Allí no podía haber nadie, no, al menos, en la zona que había recorrido una y otra vez en mis “excursiones” por los múltiples pasadizos y salas. Di por hecho que no eran más que imaginaciones mías.
Hasta el día que desapareció una de mis bolsas de comida. No estaba solo.
La bolsa de contenía bizcocho de viaje, imprescindible para mi subsistencia para sobrevivir sin tener que salir al exterior a buscar comida, y la tenía guardada en un hueco cubierta con una losa. La losa no estaba colocada en su lugar y había migas de bizcocho por el suelo.
Rápidamente preparé mi defensa. Atranqué la sala donde dormía e hice barricadas en las salas contiguas. Afilé las hachas (de nuevo, aunque estuviesen en perfecto estado) e iluminé con teas los pasadizos por los que más me movía.
Pasaron días -interminables- y no vi ni escuché nada que pudiese alertarme. Me relajé y comencé a pensar que quizás fui yo el que movió la losa y se comió el bizcocho dejando la bolsa Mahal sabe dónde. Lo achaqué a la soledad.
Pero volvió a ocurrir. Al regresar de uno de mis paseos por las minas, el ladrón se había llevado un juego de yesca y pedernal. Decidí preparar una trampa.

2月15日

Diarios de Moria. Primeros días.

Cuando, en el calor del hogar de mis padres, concebí la idea de viajar a Khazad.dûm, fue con la única intención de buscar mithril. El brillo de los ojos de mi abuelo al relatar la maravilla de cota de malla que portaba Frodo Nuevededos fue lo que me empujó.
Intenté, sin éxito, convencer a un grupo de enanos de mi edad para viajar a las minas. Todos fruncían el ceño y negaban con la cabeza. No, decían unos, Khazad-dûm es una tumba. No, comentaban otros, la criatura del lago aún está allí. Estás loco, decían todos.
Tuve que viajar solo.
Antes de partir me despedí de ellos diciéndoles que la próxima vez que me viesen, mis manos iban a estar repletas de mithril.
Pero llevaban razón. Khazad-dúm era una tumba. Un lugar oscuro y silencioso. Si había mithril debía de estar en las profundidades de las minas, donde, de momento, no me atrevía a bajar.

Tuve cuidado de no acercarme a la orilla del lago del Espejo. El día que llegué lo bordeé con cautela, siempre atento a las ondas del agua. Encontré la puerta sin bloquear, cosa que me extrañó. Alguien, o algo, había retirado las piedras que cayeron cuando la Comunidad del Anillo tuvo que huir de los tentáculos de la criatura del lago. Enanos no, desde luego, ningún enano excepto yo había pisado Moria desde que lo hizo Gimli. O eso creí. Fue algo que me intrigó durante mucho tiempo e hizo que estuviese más alerta de lo que ya estaba.
Procuré, en las primeras jornadas, salir lo mínimo posible por la puerta del Lago. La criatura me inquietaba, aunque no había visto señales de ella desde mi llegada. Así que dediqué el tiempo en preparar teas y recorrer los niveles superiores dando algo de luz a Khazad-dûm.
En mis recorridos encontré varias hachas en buen estado, que pulí y afilé a conciencia, y una cota de mi talla de mejor factura que la que traje de mi hogar. Era muy pesada e incomoda, pero a su vez me daba seguridad.
Repartí las hachas grandes de doble filo por varias salas, por si me encontraba con dificultades y tenía que echar mano de ellas, y me armé con dos cortas sujetas al cinturón. También encontré máscaras de las que mis antepasados usaban para combatir contra los dragones, y durante un par de días llevé una puesta, hasta que me di cuenta que impedía mis movimientos. Entre la cota de malla y la máscara, era más fácil que algún enemigo me diese caza por los pasadizos. Así que la guardé para regalársela a mi padre a mi regreso. Opté por un yelmo liviano de cuero con refuerzos de hierro.
Hierro, eso era lo único que encontraba. Nada de mithril.

Otro problema era la comida. Dentro de las minas no había nada con lo que alimentarse y mis provisiones, bien racionadas, podrían durar un mes. El agua no era problema. Había manantiales en las minas que ni los orcos lograron corromper.
Tendría que salir al exterior a cazar y buscar plantas, nueces, bellotas, bayas, o cualquier cosa que un estómago enano puede soportar. Pero eso sería más adelante.
Mi primer objetivo era el mithril y disfrutar de la sensación de ser el nuevo Señor de Moria.

2月14日

Diarios de Moria. La llegada a Khazad-dûm.

La llegada a Khazad-dûm
Tras muchos acontecimientos que tal vez relate más adelante, llegué a Khazad-dûm un atardecer de verano de cielo cargado de nubes espesas.
Entrar fue fácil. La antigua contraseña para abrir las puertas, "Mellon", era el nombre que mis padres me pusieron al nacer, en honor a mi abuelo Gimli y los relatos que contaba a su hijo Gabil, mi padre, tras la grerra del Anillo.
En un primer momento, a poner pie en la entrada de las minas, me arrepentí de haber hecho tan largo viaje. El antiguo orgullo de los enanos era ahora un estercolero repleto de excrementos y huesos de orco, esqueletos de los enanos de Balin que murieron con las cotas de malla puestas y armas oxidadas esparcidas por el suelo. Olía a muerte y humedad.
Lo primero que hice fue buscar la tumba de Balin, y al igual que mi abuelo, llorar a los pies de la losa. Después, sólo como estaba, recorri parte del nivel superior y busqué una sala donde poder alojarme. Escogí una que no tuviese pozo para evitar escuchar los susurros de las entrañas de Moria, y la adecenté lo mejor que pude, sacando huesos y armas, y encendiendo un pequeño fuego para quitarme de encima la heladora sensación que producía la vasta soledad de las minas de mis antepasados.
Esa noche dormí poco y mal, y amarrado a mi hacha tuve sueños en los que un retumbar de tambores precedía a cientos de orcos que me asediaban.