| Mellon Gabilul's profileMellon GabilulBlogLists | Help |
|
March 29 Cambio de ubicaciónEste diario cambia de ubicación. La nueva dirección es: http://gabilul.blogspot.com/ Disculpen las molestias. Mellon Gabilul Aran moria March 28 Diarios de Moria. Escaramuza con sorpresa.Tal y como comenté, esta mañana me libré
de la pesada cota de malla y de las botas para husmear por Moria en busca de la
guarida de Azog. Colgué del cinturón dos hachas cortas y una daga, y me cubrí
con capa de capucha sobre camisola larga y pantalón liviano de piel. Decidí ir
descalzo, en vez de cubrirme los pies con trapos, para no correr el riesgo de
trabarme con ellos. March 27 Diarios de Moria. Rutina.Afuera hace un día de trolls. Salí esta
mañana a cazar algo y las gotas de lluvia eran tan heladas que hacían daño en
la cara. Pronto nevará. Sólo he conseguido cazar dos ardillas negras, pequeñas
y de piel tan dura como un corpiño de cuero. Haré sopa con ellas. March 26 Diarios de Moria. La sala archivo de Khazad-dûm.Después de hablar con el orco, en
sucesivos días, visité la sala archivo. Allí encontré documentación muy variada
sobre Khazad-dûm: relación de trueques con otros pueblos, sentencias jurídicas,
inventarios de armamento, crónicas sobre batallas, recopilaciones de leyendas y
cuentos, etc. March 25 Relatos de Moria. Leyenda enana.Celos de Luna Corría por el bosque disfrutando de su libertad, de su eterna vida. Era hermosa, más de lo que jamás lo ha sido una criatura que ha pisado esta Tierra. Su pelo brillaba con luz propia, danzando al son de sus gráciles pasos. Pelo de dorado color oro. Sus manos acariciaban los árboles al pasar junto a ellos y estos, henchidos de orgullo, agradecían sus caricias entre susurros de amor y pasión. Manos de piel lechosa. Allí donde ella estaba, siempre era primavera, los retoños salían de su letargo cuando pasaba y la vida crecía ante sus ojos. Ojos de claro gris azulado. Era una chiquilla, joven y alegre, una niña para los suyos, pero una anciana para los mortales. Recién llegada de un remoto lugar, ahora ya formaba parte del bosque. Lo había hecho suyo, o, mejor dicho, el bosque había decidido que no quería más dueña que ella. Era fácil enamorarse de tan bello ser; tan fácil era que incluso la Luna se fijó en ella. Pero no se fijó por amor. Le tomó envidia. Aquella grácil criatura había llegado y le estaba robando su luz, su poder y la reverencia que los seres vivos le otorgaban. La Luna estaba celosa. Una noche tras otra, después de salir de su lecho marino, la Luna caminaba por el cielo y observaba a la chiquilla de pelo dorado. El ansia de venganza hizo que comenzase a menguar, cada noche que pasaba, hasta desaparecer y no querer salir a dar su nocturno paseo. Cuando el berrinche pasaba, crecía de nuevo, a la vez que, disimuladamente, escrutaba a la criatura que le había hecho enojar. De nuevo, mostrando todo su poder, todo su esplendor, la Luna subía a lo más alto del firmamento e intentaba eclipsar la belleza de la niña. Noche de Luna Llena. Pero el poder que irradiaba la niña superaba con creces al de la Luna. El bosque hacía caso omiso de su luz, solo tenían ojos para la chiquilla. Y la Luna, herida, menguaba de nuevo, para esconderse y que nadie pudiese ver su furia. En las noches en las que no aparecía, comenzó a urdir su venganza. Comenzó a pensar en como volver a recuperar su reinado. Reinado de luz dorada, reinado de Luna. La Luna y su reino. El mar, siempre atento e inquieto, era el único que conocía la furia de la Luna, ya que esta dormía cada día bajo su manto. Y la escuchaba murmurar palabras de venganza, palabras sin sentido para él. No entendía el porqué de sus enfados, y le preguntó, preguntó a la Luna. El mar no sabe que ocurre. Y la Luna, al ser preguntada por el mar, tuvo una idea. Engañaría al mar para poder deshacerse de la niña. Planeó su venganza meticulosamente; dijo al mar que le había encontrado una esposa, una compañera. El mar, hastiado de su profunda soledad, preguntó quién era el ser que quería formar parte de él. Preguntó quién estaría dispuesto a soportar sus continuos cambios de humor y rabietas, preguntó quién sería capaz de amarle y comprenderle. La Luna, sonriente, le dijo que solo tenía que llamar con su profunda voz a una niña que habitaba en el bosque, que ella estaba esperando su llamada, y que- continuó mintiendo la Luna- la chiquilla le había dicho que amaba al mar, mas no era capaz de decírselo por miedo a que la rechazase. La Luna engaña al Mar. Una noche, noche de Luna Llena, la niña corría por el bosque, entre los árboles y bajo las estrellas. Pero aquella noche una voz se alzó entre el murmullo del bosque. Una voz que la llamó repetidas veces. Ella, demasiado curiosa debido a su inocencia, se encaminó en dirección a la voz, y salió del bosque. Allí, no muy lejos, vio al mar. Era el mismo mar del que hace no mucho- para ella- había llegado. Aunque no entendía porque la llamaba. Así que se acercó a la playa, cerca del agua, y le preguntó qué es lo que quería. El mar, al verla, también la recordó, recordó el día en el que los pies de la chiquilla acariciaron su orilla, al bajar de un barco. Recordó cómo deseó poder atesorarla ese día. Nunca imaginó que una criatura como aquella pudiese enamorarse de él. Y sin decir nada, pensando que ella le amaba, sacó uno de sus brazos de agua y se la llevó consigo. El mar se la lleva. Hasta lo más profundo de su ser el mar se llevó a la niña. Y allí, en su corazón, la depositó. Pero la chiquilla de dorado pelo no le hablaba, nada le decía. Una y otra vez acariciaba su rostro, pero ella no reaccionaba. Y la miró a los ojos, y en ellos vio la sombra cristalina de la muerte. Entonces escuchó una risa en lo alto del cielo. Y supo del engaño de la Luna. La Luna se había vengado. * * * Desde aquel día el mar sigue a la Luna, la sigue allá donde va. No la deja descansar en paz bajo su lecho, y hace que tenga que buscar la noche en otras tierras. Continuamente le recuerda su vil acto y, alguna noche, sube el cuerpo sin vida de la chiquilla a la superficie, para que la Luna lo vea. Es entonces, en esas noches, cuando un rojizo color sangre tiñe la luz de la Luna. March 23 Relatos de Moria. Baruk Khazad!Documento encontrado en la sala archivo de Khazad-dûm, de autor desconocido, y transcrito por Mellon Gabilul. Baruk Khazad! El aire era pesado, espeso. La niebla se mezclaba con el humo procedente de los fuegos de las huestes oscuras. No se les veía, pero estaban ahí, esperando. Rakhâs, Orcos. Sus voces podían oírse entre la bruma. Ellos mantenían la posición hasta que su General diese la orden de avanzar. No eran muchos en comparación al ejercito de Morgoth, apenas llegaban a las cinco centenas. Pero eran Enanos, orgullosos guerreros descendientes de Durin. Algunos daban los últimos toques a sus armas, otros invocaban a sus antepasados pidiendo fuerza y valor para la batalla. Ninguno de ellos hablaba o murmuraba. Y si alguno tenía miedo, no lo demostraba. Faltaba poco para la contienda y las hachas estaban prestas, los escudos amarrados y las cotas de malla tintineaban débilmente aquí y allá. Las máscaras de hierro permanecían alzadas, a la espera de la orden de ataque. Al bajarlas sobre sus rostros era cuando más temibles parecían ante el enemigos, completamente enfundados en pesado hierro. Todos estaban dispuestos para que Mahal les acogiese en su seno en el caso de caer en la lucha. —Baruk Khazad!— la voz llegó de las primeras filas. Acto seguido, más atrás, el grito se repitió dos o tres veces. Y el sonido del entrechocar de las hachas contra los escudos comenzó a sonar. Baruk Khazad!, Las Hachas de los Enanos cantaban. —Formación en cuña. Den la orden a sus escuadras y esperen mi señal. El que habló era el mismo del grito de guerra inicial, el General Baraz. Junto a él, rodeándole, sus capitanes asintieron y se dispersaron entre la niebla. Uno de ellos, el más joven, esperó a que los demás se fuesen. —Mi señor, ¿en cuña? Son demasiados, mi señor. Deberíamos contenerles aquí arriba y esperar a las hachas de Azaghâl, General. El joven capitán contempló el rostro de su señor. Ni tan siquiera pestañeaba y su mirada se perdía en la oscura bruma. Su rostro era pétreo, casi parecía esculpido a golpe de cincel. —¿General?- dijo de nuevo. —Os he oído. Y vos a mí. No me hagáis repetir la orden, joven Kibil— no le miró al decir esto. Mientras, las filas comenzaban a agruparse en formación de ataque. —Sí, mi señor. Mi escuadra cerrará el flanco derecho. ¡Que Durin guíe vuestra mano!— y se fue de allí, tras inclinar levemente la cabeza ante él. Ya había dado su opinión, tal vez se equivocó al hacerlo, pero su corazón le decía que atacar de aquella manera era un suicidio. Cierto era que la formación en cuña era la preferida por las tropas enanas en sus ataques, y su efectividad en romper filas enemigas era temida por estos. Pero los exploradores trajeron malas noticias aquel día. Las tropas de Morgoth contaban con seis veces diez centenas, y continuaban llegando más. Entre ellos, venían Hombres que servían bajo los negros estandartes y se escuchaba el relinchar de caballos. La espesa niebla impedía ver las posiciones que estaban tomando bajo las colinas, y tampoco se podía ver si ya estaba dispuesto el ejército al mando de Azaghâl. Lo lógico, pensaba Kibil, sería enviar un mensajero para acordar un ataque conjunto con el resto de tropas, pero sabía que era inútil discutir con su General. Aquel día ya había cometido la osadía de no acatar al instante una de sus órdenes, y eso no sería olvidado. Baraz, "el Rojo", era uno de los más temidos generales de Azaghâl, Señor de Belegost. Las tropas que estaban a su mando constituían la elite del ejercito de Belegost. Eran los que primero avanzaban en las batallas y los últimos en abandonarlas. Kibil llegó hasta la posición de su escuadra, que permanecía esperando órdenes. Estaba formada por robustos jóvenes enanos escogidos personalmente por él. Confiaba en ellos y ellos en su Capitán. En momentos como aquél, debía ser cuidadoso con sus palabras y no dejar entrever sus temores. —¡A la derecha! ¡Hay que cerrar la cuña!— gritó lo más alto que pudo, dirigiendo a sus guerreros golpeándoles con su hacha en los escudos- ¡Vamos, vamos! ¡Cerrad esa formación! ¡Abajo esas máscaras! —Capitán, ¿vamos a bajar con esta niebla? No sabemos lo que hay abajo — el que habló se paró un momento ante él. Kibil le bajó la máscara de un manotazo. —¡Cierra la boca Felak! ¿Acaso temes a la bruma? Ponte en tu sitio y cumple las órdenes ¡Ya!— el enano corrió a las filas y se integró en ellas. Pero Kibil sabía que todos pensaban lo mismo que Felak. Incluso él mismo lo pensaba. Aquello era una locura, pero eran guerreros pertenecientes a un ejército, y como tales, no les era permitido pensar. Solo debían obedecer las órdenes de su General. La formación ya estaba completada. Ahora todos ellos se mantenían muy quietos y ya nadie entrechocaba el hacha contra el escudo. Solo esperaban la señal para avanzar. Las voces de los orcos les llegaban más claras que antes, mientras la niebla se negaba a disiparse. Y la señal llegó. —Baruk Khazad! Khazad ai-mênu!— la voz ronca del General Baraz rompió el tenso silencio. ¡Las Hachas de los Enanos! ¡Los Enanos están sobre vosotros! El grito de batalla se repitió entre las filas hasta que acabó siendo un clamor de guturales voces. Y comenzaron a avanzar. Luego, poco a poco, según iban internándose en la niebla, los gritos fueron cesando. Las pesadas botas marcaban el ritmo de marcha mientras descendían colina abajo. La formación era cerrada y se desplazaba lentamente, como si de una gran máquina de hierro se tratase. —Podría tener a un orco ante mí y no ver su asquerosa cara ¡Maldita niebla!— la voz llegó de las filas interiores, detrás de Kibil, y otros tantos comenzaron a murmurar. —¿Por qué no esperamos a Azaghâl?— decían unos— Capitán ¡el General ha perdido el juicio!— comentaban otros. —¡Silencio ahí atrás! —la voz autoritaria de Kibil acalló las voces. Delante de ellos, en la punta de la cuña, comenzó la batalla. Escucharon los primeros gritos y entrechocar de armas, pero no podían divisar nada. —¡No rompáis la formación! ¡Adelante! ¡Los tenemos cerca! Baruk Khazad! Khazad ai-mênu!- la escuadra avanzó un poco más mientras los guerreros gritaban de nuevo. Fueron atacados por el flanco, donde unas sombras surgieron de la bruma. Kibil tuvo el momento justo para ver como un orco caía sobre él. Le golpeó con el escudo en el estómago y atacó con el hacha. Dos veces la hundió en el hombro del atacante, hasta que el brazo entero se desprendió. Otros tantos cayeron bajo el hierro de su escuadra. El resto de orcos desapareció por donde había venido. Kibil continuaba gritándoles a sus guerreros. —¡Formación cerrada! ¡Formación cerrada! ¡Atentos a los lados! ¡Sólo están probándonos! La niebla comenzó a disiparse, muy lentamente al principio. Más tarde pudieron ver su formación completa y distinguir a los de las primeras filas, con Baraz al frente. Habían bajado mucho y ya estaban en terreno llano. Continuaron avanzando a golpe de bota. Delante de ellos aparecía el ejército de Morgoth formando en largas hileras, tras trincheras de fuego. El campo de visión ya era muy amplio y la niebla se perdía tras las colinas. Y pudieron ver un ejército aun más poderoso de lo que esperaban. Al frente, ante ellos, orcos. Detrás, protegidos por estos, arqueros, y más atrás, se alzaba un bosque de lanzas portadas por jinetes. A la derecha, trolls de negras cotas de malla armados con mazas, a la izquierda, hombres de lejanos países, con los cuerpos y las caras pintadas. Todos portaban fuego, el mismo que alimentaba los pozos que habían excavado en la tierra. Ellos continuaron la marcha, y aunque las máscaras no dejaban ver sus rostros, en casi todos apareció una sombra de temor. El ejército de Morgoth era inmenso. Algunos giraron la cabeza en dirección a las colinas buscando los estandartes de Azaghâl, pero las cumbres estaban desiertas. El Señor de Belegost no había llegado y ellos se dirigían al centro de las filas enemigas, como siempre hacían, pero esta vez sin hachas a sus espaldas que les siguiesen. Los orcos al verlos, comenzaron a gritar, alzando sus cimitarras. Las formaciones se agitaban con ansias de aplastar a los insolentes enanos, pero la señal de ataque aun no había sido dada. Los látigos trabajaban entre las filas oscuras conteniendo a las huestes, hasta que sonasen los tambores de batalla. Kibil sudaba tras la máscara de hierro. Muy pocas veces en su vida había sentido miedo, y aquella era una de ellas. Pero su voz sonó alta y clara entre los suyos. —¿Habéis afilado las hachas?— gritó, tal y como lo hacía siempre antes de entrar en batalla. Pero aquél día nadie contestaba, al igual que lo hacían otras veces. De nuevo gritó, esta vez más alto —¿Habéis afilado las hachas? —¡Sí Capitán!— parte de los de su escuadra contestaron. —¿Y que haréis con ellas?— volvió a gritar. —¡Matar orcos, Capitán! ¡Matar orcos!— esta vez más voces se unieron a la arenga. —¿Quiénes somos?— su voz sonó como un ronco rugido. —Baruk Khazad! Baruk Khazad! Baruk Khazad! Khazad ai-mênu!— el griterío se extendió entre todos los guerreros. Y continuaron avanzando. Los tambores de las huestes de Morgoth redoblaron. Los hombres pintados salieron de sus formaciones y corrieron hacia ellos. Los látigos de los capitanes dejaron de restallar y los orcos saltaron al ataque, a la vez que las lluvias de flechas comenzaron a caer. Estas rebotaban en los escudos y máscaras de los enanos, pero causaron alguna baja. Cuando uno era alcanzado, las filas se apretaban un poco más, cubriendo el hueco del caído. Los primeros hombres pintados llegaron a la punta de la cuña. Las hachas subían y bajaban causando estragos entre ellos. El flanco de Kibil recibió la segunda andanada. No fue muy difícil rechazarlos una y otra vez, pero continuaban llegando más. Los orcos ya estaban a tiro de piedra. A lo lejos, las filas de lanzas comenzaban a desplazarse y los trolls ya se movían en su dirección. Kibil gritaba a los suyos para que no se rompiese la compacta formación, pero ya casi estaban completamente rodeados. Los orcos cayeron sobre ellos, enseñando sus rojas lenguas ávidas de sangre. Kibil dirigió a los suyos lo mejor que pudo. La formación ya estaba rota, pero él mantenía unida a su escuadra. Su hacha segó muchos brazos y piernas, tal y como le enseñaron a hacerlo. Aprovechando su estatura, se agachaba un poco al llegar un enemigo y le atacaba en las piernas, o los largos brazos de los orcos, luego, el volteo del hacha buscaba el pecho o el cuello del adversario. Pero eran demasiados. Y aun quedaban por llegar los trolls y sus mazas de hierro. Delante de él, a no muchos pasos, el hacha de Baraz demostraba el porqué del rango de General de su dueño. Y también vio como los suyos comenzaban a caer bajo las cimitarras orcas. Hicieron dudar a los orcos que llegaban, al ver como sus compañeros caían mutilados. Pero la entrada en batalla de los trolls equilibró la balanza hacia el lado de Morgoth. Las pesadas mazas comenzaron a partir las máscaras enanas. Felak cayó al suelo con la cabeza aplastada antes de que Kibil y tres enanos más derribaran a un troll a hachazos. Baraz dio cuenta de uno él solo, y ya se había desprendido de su máscara, mostrando el rostro salpicado de sangre oscura. Pero la batalla estaba perdida, Kibil lo sabía, así como también sabía que los lanceros no tardarían en llegar para rematarlos. Y cada vez que miraba al General, como atacaba y gritaba absorto en la lucha, más cuenta se daba que la retirada era algo impensable para Baraz. Así que él también se deshizo de su máscara de hierro, comprobó las correas del escudo y aferró con fuerza el hacha. Y encomendó su vida a Mahal. Durante bastante tiempo aguantaron los continuos embistes de los trolls, cortaron muchas cabezas orcas e hicieron huir a los hombres pintados. Hasta que a otro redoble de tambores le siguió el retumbar de los lanceros a caballo. En una situación más favorable, con las tropas enanas formando cerradas filas, los caballos hubiesen sucumbido ante ellos. Pero ahora estaban desperdigados y la mitad de ellos yacían en el suelo. Y los lanceros realizaron a la perfección su trabajo. Quedaron diezmados, y los pocos que quedaban resistieron a duras penas. El General Baraz quedó herido por una lanza, y un troll le tiró al suelo de un mazazo. Aun así, antes de morir, cortó el brazo del troll con su hacha. Luego, varios orcos le remataron a conciencia. Kibil había perdido su escudo, y segó muchas patas de caballo agarrando el hacha con ambas manos. Cuando vio caer a su General intentó correr hacia él, pero un fuerte golpe en el cuello le hizo dar varias vueltas por el suelo. A lo lejos, desde muy lejos, escuchó un sonido familiar, un sonido de guerra. —Baruk Khazad! Khazad ai-mênu! Baruk Khazad! Khazad ai-mênu! Desde el suelo, pudo contemplar la bajada de un gran ejército enano por las colinas. Las filas perfectamente formadas avanzaban en cuña, dirigiéndose hacia las esparcidas huestes de Morgoth. Azaghâl, el Señor de Belegost había llegado. Fue lo último que vio. * * * Los Enanos de Azaghâl aplastaron al ejército de Morgoth. Los lanceros a caballo sucumbieron ante las compactas filas. Los trolls cayeron bajo las hachas y los orcos huyeron de ellos. De las tropas de Baraz no quedó nadie, ni vivos ni heridos. Más tarde, en el devastado campo de batalla, los enanos recogieron a sus muertos, casi cinco centenas del General Baraz y otras tres del Señor de Belegost. El cuerpo de Kibil fue encontrado bajo un gran troll, y su cabeza, decapitada, varios pasos más allá. La cabeza miraba a las colinas y una tenue sonrisa cruzaba su rostro. Ahora descansa junto a los Siete Padres. Que su hacha y las de sus hermanos sean forjadas de nuevo por Mahal.
March 20 Diarios de Moria. Conversaciones con el orco.En una de las muchas escaramuzas que tuvimos
el orco y yo, sin saber cómo, quedamos parapetados –uno a cada lado de la
puerta- en una sala doble repleta de documentos. Era uno de los archivos de
Moria. Yo estaba maravillado del descubrimiento. Allí había miles de
manuscritos que seguro contenían toda la historia de Khazad.dûm. En un primer
vistazo pude ver que muchos de ellos estaban en muy mal estado, mientras que
otros parecían conservarse bastante bien. March 15 Diarios de Moria. El gato y el ratón.Después de recuperar, tras la fiebre, parte
de las fuerzas y volver a mis expediciones por Moria, comencé a ver al orco de
la entrada del lago del Espejo (y de mis delirios) con más frecuencia; en un
pasadizo, a la entrada de una sala, en un puente derruido... Unas veces escapaba
él y otras era yo el que ponía tierra de por medio. No llegábamos a acercarnos
demasiado el uno al otro. March 13 Diarios de Moria. Fiebre.El mordisco del orco hizo que cayese
enfermo. Su saliva, putrefacta, entró en mi sangre contaminándola. Lo que
comenzó con un escozor en la zona herida, acabó en una fiebre que me tuvo
delirando durante tres días. En mis delirios pude “ver” cientos de enanos
pululando por Khazad-dûm. Unos esculpían mi nombre en los ábsides de las
arcadas, otros forjaban anillos de poder con el mithril que afloraba en forma
de gruesas vetas por salas y pasadizos. March 09 Diarios de Moria. El ataque.Una semana después de la muerte de
Nurweon salí al exterior a buscar comida. Tuve suerte. Encontré manzanas y cacé
dos conejos. Al atardecer me senté a despellejar las dos piezas en la orilla
del lago del Espejo. El día era húmedo, con el sol ya bajo escondido tras la
bruma, y era agradable sentir el aire fresco en mi rostro. Estaba relajado y el
ataque me pilló desprevenido. March 02 Diarios de Moria. El funeral.Preparé el
cadáver de Nurweon para el entierro. Le recorté la
barba y se la decoré con finas trenzas al modo de mi pueblo.
Elegí, del montón de armas que había ido
recogiendo por Khazad-dûm, un hacha y una daga para ponerlas en
su tumba. Le cubrí el rostro con una máscara de hierro
con labrados en forma de lenguas de fuego y le vestí con cota
de malla de anillos gruesos. Como Nurweon no tenía botas,
busqué unas de su talla. Las encontré en los restos de
lo que un día pudo ser un almacén. Eran pesadas, pero
eso no importaba dadas las circunstancias. Volvía a estar solo en Moria. February 28 Diarios de moria. El enano mezquino (II)Nurweon murió pocos días
después. February 22 Diarios de Moria. El enano mezquino (I)Pasó una semana hasta que el el
enano que me robaba quiso hablar conmigo. Le di comida y agua, le
traté bien, pero siempre estuvo con las manos atadas a la
espalda. No me fiaba de él. No sabíamos -contó Nurweon- que Khazad-dûm estaba deshabitada. Creímos que tras la caída de Mordor las minas serían un lugar donde los enanos, sin exclusión, podrían comenzar una nueva vida. Nos dijeron que Balin, hijo de Fundin, reinaba aquí. Entramos por las puertas orientales y no encontramos a nadie. Días más tarde, recorriendo Khazd-dûm de parte a parte, vimos la tumba de Balin. Entonces decidimos habitar las minas y acondicionarlas para que el resto de nuestro pueblo pudiese venir. Limpiamos la puerta oeste, que estaba cubierta de rocas, y acabamos con la criatura que habitaba el lago. En ese momento de la narración debí de exclamar un “¡Oh!“ que retumbó por toda Moria. Estaba moribunda -continuó Nurweon- y fue fácil abatirla con las hachas. Se hundió en el lago para siempre. Al igual que otros perdió su poder al caer Mordor. Nosotros -dijo, mirándome con fijeza- nunca mostramos vasallaje al Señor Oscuro. Nunca, repitió. Le pregunté que dónde
estaban los demás, el resto del grupo que llegó a
Moria. Entonces bajó la mirada y pronunció con temor
“Rukhs”.
Orcos. Quedaban orcos en las minas aún después de la
guerra. Estaban enloquecidos -dijo Nurweon- y hambrientos. Cuando mataban a uno de los nuestros se lanzaban sobre él para devorarlo. Se disputaban los cadáveres entre ellos. Nosotros nos defendíamos e intentamos que no tocasen a los caídos. Vi como desmembraban a mi hermano, y a muchos otros. Fue horrible. Aprovechábamos para decapitarlos cuando se echaban sobre los muertos. Durante días estuvimos repeliendo sus ataques y enterrando los despojos que quedaban de los nuestros. Pero cada jornada que pasaba eramos menos. Algunos dijeron que debíamos irnos, regresar a nuestro hogar, pero decidimos que no. Venir a Khazad-dûm era lo único digno que habíamos hecho en nuestra vida. Ya no teníamos que escondernos del resto de mundo. Eramos enanos y si debíamos morir lo haríamos aquí, dónde Durin murió. Debo reconocer que las palabras de Nurweon me emocionaron, y a la vez, me hicieron sentir mal. Yo había ido a Moria en busca de mithril, a enriquecerme. Cuando quedábamos poco más de una docena -continuó Nurweon-, tuvimos una gran batalla. Los orcos perecieron bajo nuestras hachas. A cada golpe gritábamos el nombre de Durin y el de Mîm. Creo que acabamos con todos ellos ya que no volvímos a ver ninguna más. Sobrevivimos siete. Después la escasez de comida y las enfermedades hicieron el resto. Sólo quedo yo. Le pregunté que por qué no se había presentado a mí en vez de robarme. Contestó que por lo mismo que yo le tenía atado. No se fiaba de nadie. February 19 Diarios de Moria. La trampa.Para cazar al ladrón preparé
una bolsa con frutos secos, bizcocho y un tarro de miel, y la dejé
en la entrada de la sala dónde reposaban los restos de Balin.
Rodeé la bolsa con cepos para conejos, que armé y tapé
con tierra para ocultarlos, y me escondí tras la tumba de
Balin armado con dos hachas y algo de comida y agua para la espera. February 16 Diarios de Moria. Alguien en casa.El primer día que escuché
ruido de pasos en Khazad-dûm creí que tantos días
de soledad estaban alterando mis sentidos. Allí no podía
haber nadie, no, al menos, en la zona que había recorrido una
y otra vez en mis “excursiones” por los múltiples
pasadizos y salas. Di por hecho que no eran más que
imaginaciones mías. February 15 Diarios de Moria. Primeros días.Cuando, en el calor del hogar de mis
padres, concebí la idea de viajar a Khazad.dûm, fue con
la única intención de buscar mithril. El brillo de los
ojos de mi abuelo al relatar la maravilla de cota de malla que
portaba Frodo Nuevededos fue lo que me empujó. Tuve cuidado de no acercarme a la
orilla del lago del Espejo. El día que llegué lo bordeé
con cautela, siempre atento a las ondas del agua. Encontré la
puerta sin bloquear, cosa que me extrañó. Alguien, o
algo, había retirado las piedras que cayeron cuando la
Comunidad del Anillo tuvo que huir de los tentáculos de la
criatura del lago. Enanos no, desde luego, ningún enano
excepto yo había pisado Moria desde que lo hizo Gimli. O eso
creí. Fue algo que me intrigó durante mucho tiempo e
hizo que estuviese más alerta de lo que ya estaba. Otro problema era la comida. Dentro de
las minas no había nada con lo que alimentarse y mis
provisiones, bien racionadas, podrían durar un mes. El agua no
era problema. Había manantiales en las minas que ni los orcos
lograron corromper. February 14 Diarios de Moria. La llegada a Khazad-dûm.La llegada a Khazad-dûm Tras muchos acontecimientos que tal vez relate más adelante, llegué a Khazad-dûm un atardecer de verano de cielo cargado de nubes espesas. Entrar fue fácil. La antigua contraseña para abrir las puertas, "Mellon", era el nombre que mis padres me pusieron al nacer, en honor a mi abuelo Gimli y los relatos que contaba a su hijo Gabil, mi padre, tras la grerra del Anillo. En un primer momento, a poner pie en la entrada de las minas, me arrepentí de haber hecho tan largo viaje. El antiguo orgullo de los enanos era ahora un estercolero repleto de excrementos y huesos de orco, esqueletos de los enanos de Balin que murieron con las cotas de malla puestas y armas oxidadas esparcidas por el suelo. Olía a muerte y humedad. Lo primero que hice fue buscar la tumba de Balin, y al igual que mi abuelo, llorar a los pies de la losa. Después, sólo como estaba, recorri parte del nivel superior y busqué una sala donde poder alojarme. Escogí una que no tuviese pozo para evitar escuchar los susurros de las entrañas de Moria, y la adecenté lo mejor que pude, sacando huesos y armas, y encendiendo un pequeño fuego para quitarme de encima la heladora sensación que producía la vasta soledad de las minas de mis antepasados. Esa noche dormí poco y mal, y amarrado a mi hacha tuve sueños en los que un retumbar de tambores precedía a cientos de orcos que me asediaban. |
|
|