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日志


3月28日

Diarios de Moria. Escaramuza con sorpresa.

Tal y como comenté, esta mañana me libré de la pesada cota de malla y de las botas para husmear por Moria en busca de la guarida de Azog. Colgué del cinturón dos hachas cortas y una daga, y me cubrí con capa de capucha sobre camisola larga y pantalón liviano de piel. Decidí ir descalzo, en vez de cubrirme los pies con trapos, para no correr el riesgo de trabarme con ellos.
Al salir me fijé que las ardillas que dejé en el pasillo la noche anterior habían desaparecido. Rogué a Mahal para que, cuando encontrase al orco, éste estuviese vomitando sangre por haberse tragado las anillas de cota de malla. Pero no hubo suerte. Un poco más adelante estaban las ardillas pisoteadas en el suelo. No se las había comido. Así que, decepcionado, seguí su rastro.
Las pisadas del orco me llevaron muy abajo, a niveles dónde yo aún no había estado. Maldije mi propia estampa por no haber previsto llevar una tea. No era mi zona y no estaba iluminada. Tuve que volver sobre mis pasos y agenciarme una. Con la tea en mano iba a pasar tan desapercibido como una bandada de luciérnagas en una noche sin luna. Pero no me quedaba más remedio, soy un enano, no un topo.
Avancé por los túneles con precaución. El rastro del orco era claro; no se preocupaba de disimularlo. En un recodo -pendiente como estaba de verle aparecer en cualquier momento- pisé una de sus deposiciones. Un olor nauseabundo se desprendió del excremento cuando lo aplasté contra el suelo. Las arcadas que me produjo llevaron a mi estómago a deshacerse del desayuno. Continué como pude apestando a orco en descomposición.
Tras mucho caminar vislumbré un resplandor débil al final de uno de los túneles. Apagué la tea, la dejé en el suelo, y continué avanzando agazapado.
Me asomé con cautela a la sala de donde provenía la luz. Vi al orco, tumbado cuán largo era, boca abajo en el suelo dormido como un tronco. A su lado, bajo una antorcha encendida, estaba encadenado a la pared un mediano. No paraba de moverse. Era un amasijo de nervios con los pies grandes y peludos.
¿Un mediano en Moria? Me pregunté. Y ¿por qué Azog lo mantenía con vida? ¿Cómo es que no lo había troceado y escaldado para cenar?
Cerca del orco dormido había huesos con rastros de sangre que, intuí, era otro mediano con menos suerte que el encadenado. El olor de la sala era tan insoportable que el aroma del pegote amarrado a la planta de mi pie parecía una cataplasma de rosas frescas.
Con un hacha en cada mano entré en la sala. El mediano dio un respingo al verme y le acallé con un gesto. Era mi oportunidad de descabezar al orco. Luego ya haría las preguntas pertinentes sobre quién era y que balrogs hacía allí.
Me acerqué al orco y alcé las hachas. Un tintineo de luz, suave, bailó a mi derecha. Miré hacia la pared de roca. Una fina veta de mithril cruzaba la sala de parte a parte. No era más gruesa que la mitad de mi dedo meñique, no más, pero era tan hermosa como el reflejo de las estrellas sobre el lago del Espejo.
¡Mithril! Grité. Fue una estupidez, una tremenda estupidez, pero grité. Me salió de muy dentro.
El mediano encogió el rostro y se puso a gimotear al ver levantarse al orco. Descargué el hacha sobre la cabeza del patizambo. Cayó al suelo con el arma clavaba en la frente. Cuando fui a recuperarla me di cuenta, con pánico, de que no era Azog. El muy embustero me había engañado. No estaba solo.
Partí la cadena del mediano de un hachazo y le empujé hacia la puerta.
- Corre –le dije-. Corre como nunca lo has hecho.
Subimos juntos por el pasadizo. Recuperé la tea, la encendí, y dirigí a toda prisa al mediano –que no cesaba de gimotear- hacia los niveles superiores. Detrás nuestro, desde lo profundo de Moria, escuché un alarido de cólera.
Corrimos como posesos hasta la sala de escritura. El mediano se quedó desconcertado cuando entramos y yo atranqué la puerta. Me empujó e intentó salir. Le dije que estábamos más seguros aquí. No hizo caso, quería salir de Moria. Así que tuve que golpearle y dejarle sin sentido.
Aún está inconsciente. Llevo toda la noche de guardia. Azog –y no sé si alguno más- ha acometido contra la entrada ya dos veces. En la última lo hizo con tal furia que temí por los goznes de la puerta. Ni siquiera he tenido tiempo de limpiarme los pies. El olor a excremento de orco me está mareando, estoy exhausto y mi boca añora un buen trago de cerveza.
Creo que será una noche muy larga.

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