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Mellon Gabilul

Diarios de Khazad-dûm
3月29日

Cambio de ubicación

Este diario cambia de ubicación.
La nueva dirección es:
http://gabilul.blogspot.com/

Disculpen las molestias.
Mellon Gabilul
Aran moria
3月28日

Diarios de Moria. Escaramuza con sorpresa.

Tal y como comenté, esta mañana me libré de la pesada cota de malla y de las botas para husmear por Moria en busca de la guarida de Azog. Colgué del cinturón dos hachas cortas y una daga, y me cubrí con capa de capucha sobre camisola larga y pantalón liviano de piel. Decidí ir descalzo, en vez de cubrirme los pies con trapos, para no correr el riesgo de trabarme con ellos.
Al salir me fijé que las ardillas que dejé en el pasillo la noche anterior habían desaparecido. Rogué a Mahal para que, cuando encontrase al orco, éste estuviese vomitando sangre por haberse tragado las anillas de cota de malla. Pero no hubo suerte. Un poco más adelante estaban las ardillas pisoteadas en el suelo. No se las había comido. Así que, decepcionado, seguí su rastro.
Las pisadas del orco me llevaron muy abajo, a niveles dónde yo aún no había estado. Maldije mi propia estampa por no haber previsto llevar una tea. No era mi zona y no estaba iluminada. Tuve que volver sobre mis pasos y agenciarme una. Con la tea en mano iba a pasar tan desapercibido como una bandada de luciérnagas en una noche sin luna. Pero no me quedaba más remedio, soy un enano, no un topo.
Avancé por los túneles con precaución. El rastro del orco era claro; no se preocupaba de disimularlo. En un recodo -pendiente como estaba de verle aparecer en cualquier momento- pisé una de sus deposiciones. Un olor nauseabundo se desprendió del excremento cuando lo aplasté contra el suelo. Las arcadas que me produjo llevaron a mi estómago a deshacerse del desayuno. Continué como pude apestando a orco en descomposición.
Tras mucho caminar vislumbré un resplandor débil al final de uno de los túneles. Apagué la tea, la dejé en el suelo, y continué avanzando agazapado.
Me asomé con cautela a la sala de donde provenía la luz. Vi al orco, tumbado cuán largo era, boca abajo en el suelo dormido como un tronco. A su lado, bajo una antorcha encendida, estaba encadenado a la pared un mediano. No paraba de moverse. Era un amasijo de nervios con los pies grandes y peludos.
¿Un mediano en Moria? Me pregunté. Y ¿por qué Azog lo mantenía con vida? ¿Cómo es que no lo había troceado y escaldado para cenar?
Cerca del orco dormido había huesos con rastros de sangre que, intuí, era otro mediano con menos suerte que el encadenado. El olor de la sala era tan insoportable que el aroma del pegote amarrado a la planta de mi pie parecía una cataplasma de rosas frescas.
Con un hacha en cada mano entré en la sala. El mediano dio un respingo al verme y le acallé con un gesto. Era mi oportunidad de descabezar al orco. Luego ya haría las preguntas pertinentes sobre quién era y que balrogs hacía allí.
Me acerqué al orco y alcé las hachas. Un tintineo de luz, suave, bailó a mi derecha. Miré hacia la pared de roca. Una fina veta de mithril cruzaba la sala de parte a parte. No era más gruesa que la mitad de mi dedo meñique, no más, pero era tan hermosa como el reflejo de las estrellas sobre el lago del Espejo.
¡Mithril! Grité. Fue una estupidez, una tremenda estupidez, pero grité. Me salió de muy dentro.
El mediano encogió el rostro y se puso a gimotear al ver levantarse al orco. Descargué el hacha sobre la cabeza del patizambo. Cayó al suelo con el arma clavaba en la frente. Cuando fui a recuperarla me di cuenta, con pánico, de que no era Azog. El muy embustero me había engañado. No estaba solo.
Partí la cadena del mediano de un hachazo y le empujé hacia la puerta.
- Corre –le dije-. Corre como nunca lo has hecho.
Subimos juntos por el pasadizo. Recuperé la tea, la encendí, y dirigí a toda prisa al mediano –que no cesaba de gimotear- hacia los niveles superiores. Detrás nuestro, desde lo profundo de Moria, escuché un alarido de cólera.
Corrimos como posesos hasta la sala de escritura. El mediano se quedó desconcertado cuando entramos y yo atranqué la puerta. Me empujó e intentó salir. Le dije que estábamos más seguros aquí. No hizo caso, quería salir de Moria. Así que tuve que golpearle y dejarle sin sentido.
Aún está inconsciente. Llevo toda la noche de guardia. Azog –y no sé si alguno más- ha acometido contra la entrada ya dos veces. En la última lo hizo con tal furia que temí por los goznes de la puerta. Ni siquiera he tenido tiempo de limpiarme los pies. El olor a excremento de orco me está mareando, estoy exhausto y mi boca añora un buen trago de cerveza.
Creo que será una noche muy larga.

3月27日

Diarios de Moria. Rutina.

Afuera hace un día de trolls. Salí esta mañana a cazar algo y las gotas de lluvia eran tan heladas que hacían daño en la cara. Pronto nevará. Sólo he conseguido cazar dos ardillas negras, pequeñas y de piel tan dura como un corpiño de cuero. Haré sopa con ellas.
El orco ha estado molestándome casi todo el día. Creo que ha olido las ardillas. He tenido que salir de mi sala un par de veces, hacha en mano, e ir tras él por los pasadizos. Me ha hecho correr durante un buen rato por los niveles inferiores y, cuando ya no podía más, me plantó cara. Cruzamos armas unos instantes y luego vuelta a correr pasadizo arriba, pasadizo abajo. Estoy cansado, sudoroso, con pocas ganas de leer y organizar manuscritos. Sólo deseo acurrucarme junto al fuego y dormir.
He decidido que mañana saldré sin cota de malla ni botas, con ropa ligera para moverme rápido y con sigilo, y armado con hachas cortas a intentar averiguar dónde balrogs duerme el orco. Si él no me deja descansar, yo tampoco le dejaré a él.
Le estoy escuchando patalear por el pasillo. Ya está aquí otra vez. Cuando cueza las ardillas le tiraré los restos para ver si se entretiene rumiando y me deja unos momentos de paz. Pero antes meteré unas anillas de cota de malla en las tripas de las ardillas con la esperanza de que una se le atraviese en el gaznate al muy bellaco.
Esta situación es insoportable.

3月26日

Diarios de Moria. La sala archivo de Khazad-dûm.

Después de hablar con el orco, en sucesivos días, visité la sala archivo. Allí encontré documentación muy variada sobre Khazad-dûm: relación de trueques con otros pueblos, sentencias jurídicas, inventarios de armamento, crónicas sobre batallas, recopilaciones de leyendas y cuentos, etc.
Me he instalado en la sala contigua al archivo, la de escritura. Es más pequeña y acogedora que el archivo y tiene chimenea, que tira bien. También hay un pozo por el que se escuchaba el rumor de uno de los innumerables ríos subterráneos que recorren las minas. La sala queda más lejos de la puerta oeste, pero su contenido es más poderoso que el tener que cruzar media Moria, con el orco rondando en las sombras, para salir al exterior.
He bloqueado con piedras de cantería la entrada del pasillo al archivo y la otra puerta, por donde se escapó el orco, dejando útiles la de acceso a la sala de escritura y la que da paso de ésta al archivo. Ahora queda una sala doble con un único acceso desde los pasadizos de Moria.
Aquí es donde comencé a escribir el presente diario. Al final de cada jornada, tras recorrer las minas buscando mithril, salir al exterior a por alimentos y vérmelas de vez en cuando con el infame Azog, me siento en una de las mesas con bancada de piedra y reviso poco a poco documentos del archivo hasta que los míos vengan. Para organizar todo esto se necesita un ejército de enanos.
El día que encuentre mithril sobrarán manos para revivir Khazad-dûm y no tendré que preocuparme de Azog.

3月25日

Relatos de Moria. Leyenda enana.

Celos de Luna

Corría por el bosque disfrutando de su libertad, de su eterna vida. Era hermosa, más de lo que jamás lo ha sido una criatura que ha pisado esta Tierra.

Su pelo brillaba con luz propia, danzando al son de sus gráciles pasos.

Pelo de dorado color oro.

Sus manos acariciaban los árboles al pasar junto a ellos y estos, henchidos de orgullo, agradecían sus caricias entre susurros de amor y pasión.

Manos de piel lechosa.

Allí donde ella estaba, siempre era primavera, los retoños salían de su letargo cuando pasaba y la vida crecía ante sus ojos.

Ojos de claro gris azulado.

Era una chiquilla, joven y alegre, una niña para los suyos, pero una anciana para los mortales. Recién llegada de un remoto lugar, ahora ya formaba parte del bosque. Lo había hecho suyo, o, mejor dicho, el bosque había decidido que no quería más dueña que ella. Era fácil enamorarse de tan bello ser; tan fácil era que incluso la Luna se fijó en ella. Pero no se fijó por amor. Le tomó envidia. Aquella grácil criatura había llegado y le estaba robando su luz, su poder y la reverencia que los seres vivos le otorgaban.

La Luna estaba celosa.

Una noche tras otra, después de salir de su lecho marino, la Luna caminaba por el cielo y observaba a la chiquilla de pelo dorado. El ansia de venganza hizo que comenzase a menguar, cada noche que pasaba, hasta desaparecer y no querer salir a dar su nocturno paseo. Cuando el berrinche pasaba, crecía de nuevo, a la vez que, disimuladamente, escrutaba a la criatura que le había hecho enojar. De nuevo, mostrando todo su poder, todo su esplendor, la Luna subía a lo más alto del firmamento e intentaba eclipsar la belleza de la niña.

Noche de Luna Llena.

Pero el poder que irradiaba la niña superaba con creces al de la Luna. El bosque hacía caso omiso de su luz, solo tenían ojos para la chiquilla. Y la Luna, herida, menguaba de nuevo, para esconderse y que nadie pudiese ver su furia. En las noches en las que no aparecía, comenzó a urdir su venganza. Comenzó a pensar en como volver a recuperar su reinado. Reinado de luz dorada, reinado de Luna.

La Luna y su reino.

El mar, siempre atento e inquieto, era el único que conocía la furia de la Luna, ya que esta dormía cada día bajo su manto. Y la escuchaba murmurar palabras de venganza, palabras sin sentido para él. No entendía el porqué de sus enfados, y le preguntó, preguntó a la Luna.

El mar no sabe que ocurre.

Y la Luna, al ser preguntada por el mar, tuvo una idea. Engañaría al mar para poder deshacerse de la niña. Planeó su venganza meticulosamente; dijo al mar que le había encontrado una esposa, una compañera. El mar, hastiado de su profunda soledad, preguntó quién era el ser que quería formar parte de él. Preguntó quién estaría dispuesto a soportar sus continuos cambios de humor y rabietas, preguntó quién sería capaz de amarle y comprenderle. La Luna, sonriente, le dijo que solo tenía que llamar con su profunda voz a una niña que habitaba en el bosque, que ella estaba esperando su llamada, y que- continuó mintiendo la Luna- la chiquilla le había dicho que amaba al mar, mas no era capaz de decírselo por miedo a que la rechazase.

La Luna engaña al Mar.

Una noche, noche de Luna Llena, la niña corría por el bosque, entre los árboles y bajo las estrellas. Pero aquella noche una voz se alzó entre el murmullo del bosque. Una voz que la llamó repetidas veces. Ella, demasiado curiosa debido a su inocencia, se encaminó en dirección a la voz, y salió del bosque. Allí, no muy lejos, vio al mar. Era el mismo mar del que hace no mucho- para ella- había llegado. Aunque no entendía porque la llamaba. Así que se acercó a la playa, cerca del agua, y le preguntó qué es lo que quería. El mar, al verla, también la recordó, recordó el día en el que los pies de la chiquilla acariciaron su orilla, al bajar de un barco. Recordó cómo deseó poder atesorarla ese día. Nunca imaginó que una criatura como aquella pudiese enamorarse de él. Y sin decir nada, pensando que ella le amaba, sacó uno de sus brazos de agua y se la llevó consigo.

El mar se la lleva.

Hasta lo más profundo de su ser el mar se llevó a la niña. Y allí, en su corazón, la depositó. Pero la chiquilla de dorado pelo no le hablaba, nada le decía. Una y otra vez acariciaba su rostro, pero ella no reaccionaba. Y la miró a los ojos, y en ellos vio la sombra cristalina de la muerte. Entonces escuchó una risa en lo alto del cielo. Y supo del engaño de la Luna.

La Luna se había vengado.

*          *          *

Desde aquel día el mar sigue a la Luna, la sigue allá donde va. No la deja descansar en paz bajo su lecho, y hace que tenga que buscar la noche en otras tierras. Continuamente le recuerda su vil acto y, alguna noche, sube el cuerpo sin vida de la chiquilla a la superficie, para que la Luna lo vea.

Es entonces, en esas noches, cuando un rojizo color sangre tiñe la luz de la Luna.